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  <title>ContraATAQUE</title>
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  <description>Historias cuyo hilo conductor es el fútbol.</description>
  <language>es-ar</language>

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    <lastBuildDate>2025-12-05T13:40:00Z</lastBuildDate>
  

  <managingEditor>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</managingEditor>
  <webMaster>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</webMaster>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Una fe bárbara]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/una-fe-barbara.html</link>
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    <pubDate>2025-12-05T13:40:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      Siempre les hago un gol
    ]]></description>

    
      
        <category>intuición compartida</category>
      
        <category>destino y anticipación</category>
      
        <category>confianza</category>
      
        <category>rivalidad</category>
      
        <category>sincronía</category>
      
    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Una fe bárbara</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 5 de diciembre de 2025
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;La pelota viene cayendo. Planeando sería más preciso. Nunca me pasó eso de imaginar la jugada y que suceda algo parecido. ¿Viste cómo cuenta Diego que se acuerda de lo que le dijo el hermano antes de definir contra los ingleses? Eso no es para los terrenales como nosotros. Pero esta vez, te soy sincero, me tenía una fe bárbara.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Aunque ellos juegan muy bien, son medio sucios. Y no sé por qué, pero contra los que meten la pata de más las cosas me salen bien. Y en este caso está también lo otro, que siempre les hago un gol. Los tengo alquilados.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Entonces te contaba que la pelota me viene así, como flotando, hermosa. Y pienso una sola cosa: más vale que sea gol.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Salí corriendo levantando la mano —para no avivar al resto con un grito— y se me vino a la cabeza el paso a paso de lo que tiene que suceder para que la bola me llegue así.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y cuando la tenés así como viene, también aparece el cagazo, ¿eh? Porque esto tiene que terminar en gol. Así lo imaginé y se está dando. Los demás hicieron lo suyo. Ahora es mía.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sabía que Nacho me iba a ver, porque siempre me está buscando. En los laterales y córners sabe que corro al espacio vacío, sobre todo cuando arranco desde atrás. Ya hicimos un par de goles así.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Levanté la mano y arranqué. Me vio de reojo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No podía tirarlo tan lejos, tenía que pasar por el círculo central primero. Y lo mandó, con la parábola perfecta y la fuerza justa. Un crack.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y ahí te pregunto: dos tipos que no entrenan pero juegan hace rato, ¿Pueden imaginar la misma jugada? Porque hizo exactamente lo que yo había visto en mi cabeza.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ahora le tocaba a Mario. Jugando de 9 empezó un retroceso tranquilo y después aceleró hacia la pelota que iba a caer en el círculo central. Nunca frenó, y por eso ganó la posición. Saltó con su marca y metió un pase de cabeza al vacío, a su espalda.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hasta el día de hoy no tengo puta idea si ya me había visto correr desde atrás o si fue pura intuición. Tal vez hizo lo único posible sin saber si alguien acompañaba. Pero yo creo que me vio porque fue un pase de cabeza. No un rebote y arreglate, no fue una peinada al pie: fue un pase.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ni siquiera tuve que frenar para corregir la carrera. La pelota siguió el plan.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La pelota viene bajando y ya sabía en qué punto iba a quedar para la volea. Pispié al arquero: ya estaba en pánico.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Es arquero volador, de reflejos y nada más. Alto, pero no te corta un centro. Con la pelota en los pies, lo presionás y se manda una cagada. Lo conozco: jugamos dos torneos juntos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El último defensor quedó pagando y él sabe que tiene que salir. Por fin se decide y corre hacia mí para achicar. Pero sé que no llega.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Le tengo que pegar de primera. No hace falta que sea fuerte, un toque para direccionarla al costado, sin que pique.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Faltaba mi parte...&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pfffsss... se infla la red.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Un golazo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me doy vuelta con una mueca torcida. No hubo sorpresas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Siempre los vacuno.&lt;/p&gt;


        <hr>

        <footer>
          <p>
            Este texto se publica bajo licencia
            <a href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/" rel="license">
              Creative Commons Atribución 4.0 Internacional
            </a>.
          </p>

          <p>
            ContraATAQUE — Historias cuyo hilo conductor es el fútbol.<br>
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          </p>
        </footer>
      </article>
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  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Eso no se hace]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/eso-no-se-hace.html</link>
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    <pubDate>2023-08-27T18:40:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      Acepto mi culpa
    ]]></description>

    
      
        <category>código y jerarquía</category>
      
        <category>aprendizaje forzado</category>
      
        <category>culpa y justificación</category>
      
        <category>iniciación</category>
      
    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Eso no se hace</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 27 de agosto de 2023
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Lo mío fue excesivo, me hago cargo de eso. Pero ¿sabés qué? no me arrepiento ni un poco. Nunca nos volvimos a ver, y sin embargo sigo convencido de que hice lo correcto. Algunos, incluso, me lo agradecieron en silencio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Admito que me dejé llevar por la calentura del partido. Pero peor estuvieron ellos, eh. Porque cuando cuentan los hechos así nomás, yo quedo como un tremendo hijo de puta. Y no fue tan simple.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hagamos así: te cuento todo, no voy a omitir detalle. Vos juzgás. Aceptaré cualquier castigo, respondo por lo que hice. Pasaron veinte años, pero vos decidís: si prescribe o no.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lugar y hora: playa de Villa Gesell, cuando empieza a caer el sol. Pibes entre 18 y 20 años arman un picado 9 contra 9. Ya sabés cómo es: amigos de a tres, de a dos, y algún solitario.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En mi equipo quedó uno de esos. De los que intentan ganarse el lugar a mala gambeta. En dos jugadas ya era el morfón.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y yo, desde el arranque, estaba recaliente.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El primer ataque vino por la izquierda. Pelota larga, rechazo corto. Y el morfón ya iba decidido a quedársela. La pelota quedó viva en tres cuartos, girando sobre sí misma, casi sin moverse, como un trompo después de un cabezazo defectuoso. Mi grito lo pueden confirmar los presentes de toda la playa.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡DEJÁÁÁ!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo estaba pegado a la orilla del mar, de frente al arco, ¿Me entendés? Si corro y le pego sale en diagonal directo al arco. Sin rivales cerca lo único que puede detenerme es el morfón, que giró en búsqueda del balón.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y esto que te confieso ahora es el quid de la cuestión, porque es por lo que se juzga la magnitud del acto y sus consecuencias: nunca dudé en hacer lo que hice.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y corrí a la pelota.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mirá si no habré alzado la voz, si no habré salpicado con saliva con mi grito, mirá si no habré tenido los ojos fuera de órbita. Por un instante medí 2 metros.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El morfón se hizo a un costado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Fue la pegada más violenta de mi vida. Los defensores no se corrieron: se escaparon. Y ojo que en este caso agrandar la proeza no me enaltece, me condena.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Fue un cañonazo directo al segundo palo del arco. Quise pegarle lo más fuerte y rasante posible, esto era lo más dificil. Y qué querés que te diga, fue perfecto.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Porque el tiro tenía destino: el pibe de ocho o nueve años que estaba en el arco.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¡¿Cómo le vas a pegar así, animal, no ves que hay un nene?! Eso lo pensaron todos, aunque nadie lo dijo, no hizo falta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y sí, es verdá, había un nene y lo mío fue criminal.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Porque yo también tuve esa edad cuando me empezé a colar en los picaditos de los grandes. Me dejaron jugar, pero no me mandaban al arco, jamás. Me mandaban arriba.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Entendés ahora por qué estaba recaliente? Hay que ser muy hijo de puta para poner a un pibe en el arco de un partido de grandes. Esa no es manera.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo no rompí ningún código. Lo rompieron ellos. Lo dejaron solito entre los palos, ni siquiera tuvieron los huevos de parar el pelotazo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Obvio que fue gol, el pibe ni puso las manos. Lo grité para que no queden dudas de que había que cobrarlo. Hasta mis amigos me miraron de reojo. El pibe miró al resto del equipo, murmuró algo, y salió del arco.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo mio fue excesivo, pero fue docencia.&lt;/p&gt;


        <hr>

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          <p>
            Este texto se publica bajo licencia
            <a href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/" rel="license">
              Creative Commons Atribución 4.0 Internacional
            </a>.
          </p>

          <p>
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  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Confianza]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/confianza.html</link>
    <guid isPermaLink="true">https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/confianza.html</guid>
    <pubDate>2022-10-30T20:40:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      La mayor cualidad de un equipo
    ]]></description>

    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Confianza</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 30 de octubre de 2022
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Partamos de la base de que a Pepe nunca me lo banqué. Es cuestión de piel. No hace falta discutir política ni filosofía para darse cuenta: hay tipos que uno prefiere tener lejos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo conocí primero en una cancha de fútbol. En el laburo yo era más bien ermitaño, y apenas registraba a los nuevos. Pepe, en cambio, a los pocos días ya estaba sumado al fútbol semanal.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Los equipos ya estaban armados, eran siempre más o menos los mismos de un lado y del otro, y por suerte llevábamos remeras de colores opuestos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pepe era pescador. Vivía al acecho en el área, esperando que alguna le quedara. Y, hay que admitirlo, tenía lo que todo delantero necesita: confianza.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Festejaba cada gol como si acabara de inventar el fútbol. Brazos abiertos, grito al cielo, vuelta entera aunque fuera un empujón en el segundo palo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Al día siguiente, en la oficina las jugadas crecían. El empujón se volvía definición de crack. Las contaba de pie, apoyado en un escritorio ajeno, con la voz apenas más alta de lo necesario, mirando alrededor para asegurarse público, y siempre encontraba a alguien dispuesto a escucharlo. O al menos a no interrumpirlo, que para Pepe era lo mismo. No sé si quería impresionar a alguien en particular. Creo que le alcanzaba con verse a sí mismo mientras hablaba.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ya nos habíamos cruzado un par de veces cuando una noche apareció Rodri. Nunca había coincidido conmigo en cancha.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mientras entrábamos en calor y terminaban de conformar los equipos, escuché a Pepe decir que Rodri era un muerto, que no lo quería en su equipo. Lo dijo sin bajar la voz.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La cólera se apoderó de mí, e hice lo que cualquier amigo y jugador de fútbol haría en mi lugar. Fui rápido con Rodri, y le dije:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Che, ni se te ocurra ponerte otra remera, vos hoy jugas con la negra en mi equipo, decí que no trajiste otra si te quieren cambiar, ¿ok?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡Dale!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Supongo que Rodri creyó que lo hacía por amistad, que mi única intención era compartir equipo con él.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Alguna vez Alejandro Dolina dijo que en el fútbol es mejor perder con amigos que triunfar con desconocidos. Siempre estuve de acuerdo con eso.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pero esa noche yo quería ganar con un amigo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo que Pepe no sabía —aunque se sentaran a pocos metros en la oficina— era que Rodri no veía bien. Tenía que operarse. De lejos la pelota se le borroneaba, y ni te cuento con esas luces a medias que ponen en la cancha.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y yo creo que Pepe intuía que Rodri tampoco se lo bancaba.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con Rodri confirmado para los negros, faltaba ordenar algo mínimo:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿De qué jugás? ¿lateral derecho?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Ponele. No soy muy bueno, hago lo que me sale.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Escuchá. Yo voy a estar en el medio y por derecha, vos jugá de lateral. Cuando marques, seguila hasta el final sin miedo. Yo voy a estar cerca. Cuando la recuperás me la das. Y cuando tengas aire, mandáte. Si puedo, te la pongo para que tires el centro... o para que definas vos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No voy a olvidar la sonrisa de Rodri. Por primera vez en mucho tiempo alguien contaba con él para ganar un partido.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me había movido una bronca oscura, es cierto. Pero la idea era simple: si yo jugaba a su lado, no tenía que mirar demasiado lejos. Alcanzaba con dármela a mí. Después, si subía, yo iba a devolvérsela&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El partido empezó y Rodri tocó su primera pelota a los pocos minutos. Corte firme en el lateral y pase corto para mí. Salimos jugando.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Después volvió a anticipar, esta vez yendo al piso. Me la dio rápido, giré y filtré para el nueve. Definición cruzada, gol.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Empezamos a repetirlo. Recuperaba él, descargaba en mí, avanzábamos. En una salida se animó a seguir la jugada y arrastró la marca, dejándome espacio. En otra buscó la pared y llegó antes que el lateral para tirar un centro que casi encuentra destino.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ya no era casualidad. Era alevoso.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Los blancos dejaron de atacar por su lado. Rodri se había quedado con el lateral.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En una salgo yo con la pelota y, antes de enganchar hacia adentro, lo veo picar por la banda. Se la pongo larga y voy detrás, porque sé que van a barrerlo. No hizo falta que la devuelva.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En un movimiento corto pasó la pelota de un pie al otro y dejó pagando al lateral. Levantó la cabeza. Le pegó fuerte.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Se fue apenas afuera, haciendo sapito. Nos quedamos un segundo en silencio. Lo había tenido.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Rodri sabía lo que tenía que hacer en la cancha. Y esa noche también creía que podía hacerlo. Yo le di un empujoncito.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La sonrisa a Rodri le apareció antes de que empezara el partido y le duró varios días después.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La mía llegó cuando escuché a Pepe gritar desde el otro lado:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—¡Este hijo de puta está jugando el partido de su vida! ¡No jugó así la otra vez!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y todavía me dura.&lt;/p&gt;


        <hr>

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          <p>
            Este texto se publica bajo licencia
            <a href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/" rel="license">
              Creative Commons Atribución 4.0 Internacional
            </a>.
          </p>

          <p>
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      </article>
    ]]></content:encoded>

  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[El de pullover verde]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/el-de-pullover-verde.html</link>
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    <pubDate>2022-03-17T19:50:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      Los zurdos la cruzan
    ]]></description>

    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>El de pullover verde</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 17 de marzo de 2022
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;— ¡Que lo patee el de verde!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Eso te hace sonreír un segundo: sos la figura, y el premio es un penal.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y entonces, el miedo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tus compañeros te lo entregan, aunque otros pateen mejor. Hoy te salieron todas. El penal es tuyo, aunque no lo pidas. Y lo pide la hinchada, que no es cualquiera. Son los pibes grandes, los que juegan después de los chicos. Los que se sientan en la parecita y van llegando de a poco hasta llenar el borde de la canchita. Los que pispean a los más chicos sabiendo que pronto se van a mezclar con ellos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ellos cobraron el penal y ya dejaron claro que no hay rebote ni segunda jugada. Y siempre hay un ganador: entra, ganan ustedes; si no, pierden.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Empezás a dar los pasos hacia el punto del penal. El resto se abre y te arma un pasillo de honor. Alguno se te arrima para aconsejarte, para darte ánimo o para mufarte; no sabés cuál de las tres cosas hace, porque no escuchás nada del cagazo que tenés.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Una mañana inspirada la puede tener cualquiera, hasta un lateral izquierdo. Pero un penal así no lo patea cualquiera. Ahí se ve si lo de hoy fue suerte o si hay algo más.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Entonces a los 11 años entendés que un penal definitorio es igual en cualquier parte, no importa si es en La Bombonera o en la canchita del baldío de Corrientes y Junín.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Como espectador no hay comparación, pero andá a explicárselo al del pullover verde, que todavía lo usa porque a pesar del sol primaveral aún es invierno. Ahora que le tiran la pelota para que la acomode, decile que no se sienta como Valentim frente a Carrizo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡Tirale a la punta que no se tira!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pensás que tiene razón. Pero ¿a qué punta?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Te agachás para acomodar la pelota y caés en la cuenta de que nunca pateaste un penal. No sabés si conviene apoyarla en la lomita de tierra o al costado. No sabés cómo se tira a la punta. Ni siquiera sabés con qué parte del pie hay que pegarle.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Antes de pararte decidís algo: más vale que el arquero no se avive del miedo que tenés. Mirá si se agranda. Y lo único que falta es que ahora la figura pase a ser él.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Eso sí que no.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Si no va a ser gol, que sea porque la tirás afuera. No porque él la ataja.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ponés cara de jugador de primera. De especialista en penales. Mientras acomodás y reacomodás la pelota sobre la lomita.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo único que hiciste alguna vez frente a un arco fue pegarle cruzado. Así que el plan es simple: fuerte y cruzado. Pegadita al palo o a la mierda, pero que no la toque.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tomás carrera y aire. Mirás al arquero para intimidarlo. Alguna vez te dijeron que tenés mirada de señor serio, y creés que eso te puede servir.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El arquero te sostiene la mirada, agazapado. A él le dijeron que los zurdos la cruzan.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Empezás la carrera. En el primer paso dudás.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Y si sabe que la vas a cruzar?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿La tirás al medio?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Demasiado tarde.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Seguís con el plan: fuerte y cruzado. Si no es gol, que pase rozando el palo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Le pegás.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El arquero se la juega y vuela hacia la punta donde los zurdos la cruzan siempre.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pero no la ataja. Le pegaste tan, pero tan mal, que ni siquiera salió cruzada. Es gol porque la pelota entra por la otra punta, donde no la tiran los zurdos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El partido termina y ustedes ganan. Vos sos la figura. Festejás como si todo hubiera sido un amague.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Un amigo se te acerca y te dice que lo pateaste para el culo. Lo callás enseguida. No sea cosa que alguien más lo escuche y se caiga la ilusión de ser el suplente de Marzolini.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Te vas al trote por Corrientes, doblás en Uriburu hacia Córdoba.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No volvés a jugar por unos días.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Los Refutadores de Leyendas&lt;sup&gt;1&lt;/sup&gt; dirán que fue por miedo a no poder repetir la hazaña. Que ese gol fue pura casualidad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La verdad es que tu vieja te ve llegar de jugar a la pelota con el pullover verde tejido por ella, y la cagada a pedos que te comés da más miedo que errar un penal decisivo en La Bombonera.&lt;/p&gt;


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  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Trate de imaginarlo]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/trate-de-imaginarlo.html</link>
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    <pubDate>2022-02-11T21:14:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      Le aseguro que no podrá
    ]]></description>

    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Trate de imaginarlo</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 11 de febrero de 2022
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Imagine una mañana de sábado, primaveral aunque el calendario diga otra cosa. Un sol amable, cielo despejado —o con alguna nube que no asuste— y una brisa leve, de esas que traen olor a pasto.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ahora agregue una cancha. De potrero, claro. O de parque. Nada de líneas blancas. Pasto, tierra, algún arco torcido. Y si no hay arco, mejor: dos adoquines alcanzan.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ya toma forma, ¿no? El clima, la cancha. Ahora agregue gente. Un lindo partido. Y cuando digo lindo, sé que usted ya imaginó un 11 contra 11, pero en estos lugares con ocho por lado sobra.
Ponga algunas caras conocidas —cuatro o cinco, no más, sígame en ésta— y complete el resto con esos jugadores que aparecen de la nada y se suman porque están ahí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Vamos a complicarlo un poco. Antes de sacar del medio, los de enfrente avisan que están entrenando para un torneo y que necesitan jugar en serio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Eso significa que no hay regalos. Si hay que definir, se define. Pero nadie va a lastimar a nadie.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Conciba un partido que exige concentración, casi de campeonato. No hay margen para distracciones: las pelotas divididas se disputan de verdad, las corridas se hacen hasta el final y, si queda una para definir, se define. Nada de una gambeta de más para que quede linda.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tenga en cuenta que el rival se conoce. Hay jugadas preparadas, pequeñas sociedades. Cada uno tiene su puesto: el delantero es delantero, el volante de recuperación no se va a hacer el wing. No rotan. Para el torneo, cada cual juega donde mejor rinde. Incluso hay un arquero de oficio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Estos rivales juegan con la cabeza levantada. Todo el tiempo. Hay marcas personales: a los pocos minutos ya se estudiaron y corrigen sobre la marcha. Piense el partido con dos tiempos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Creo que ya tiene el partido armado. De alguna manera unió roces, paredes, despejes y goles. Tal vez se mezcló con partidos suyos, con alguna gambeta reciente, con una asistencia perfecta. Quizás hasta se vio definiendo solo frente al arco.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ahora que ya armó el partido en su cabeza, le digo que le falta un dato. Lo omití a propósito, el más importante.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El equipo que pidió jugar en serio está compuesto íntegramente por jugadores con discapacidad auditiva. Algunos no oyen nada. Otros muy poco, ayudados por un implante.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ahora vuelva a imaginar ese partido, todas esas situaciones en la cancha. Todas, pero sin las voces del rival.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El resto es real.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Juegan con la cabeza levantada porque necesitan ver más que quienes podemos reaccionar a un grito de “¡atrás!” o “¡te van!”, aunque eso los vuelva un poco más lentos. Pero lo compensan: aprendieron a desmarcarse en el momento justo, a meter pases largos, a dominar pelotazos que otros no saben bajar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tienen jugadas preparadas porque saben que en algún momento jugarán a ciegas. Y acá “a ciegas” no significa perder de vista a un compañero en una gambeta, sino a no poder oír la indicación que para nosotros dibuja un mapa inmediato de la cancha.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Se organizan en pequeñas sociedades porque de a dos se sobrevive mejor. Ordenar una defensa sin gritos es imposible, por eso la marca personal es una solución.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Jamás se me hubiera ocurrido que un partido podía no tener las voces del rival. Tuve que enfrentarlos para vivir una de las experiencias más lindas y extrañas del potrero.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Todo estaba ahí: el clima, la cancha, los desconocidos, las jugadas preparadas, los goles.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pero sin sonido.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y créame: por más que lo intente, no podrá imaginarlo.&lt;/p&gt;


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  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Cambio de planes]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/cambio-de-planes.html</link>
    <guid isPermaLink="true">https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/cambio-de-planes.html</guid>
    <pubDate>2022-01-09T16:44:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      A veces uno puede cambiar la mano
    ]]></description>

    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Cambio de planes</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 9 de enero de 2022
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Conocí al Gula cuando repitió quinto grado. Era tan bajito como yo pero con un cuerpo más morrudo, más fuerte.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Se invitó solo un par de veces a casa. La primera fue directamente a la salida de la escuela, cuando le preguntó a mi madre: “Señora, ¿me invitan a ir a su casa?”.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Era un atorrante de ojos verdes, de los conflictivos del grado. Delantero que jugaba al roce, como solo los petisos sabemos hacerlo. Habilidoso hasta el exceso: a veces hacía no una sino varias de más.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El apodo debería haberle venido por lo “comilón” que era jugando a la pelota, pero en realidad se lo habían puesto por un personaje enano de la televisión de esos años. Creo que fui el único que lo llamaba por su nombre, Diego, sabiendo cuánto odiaba ese apodo burlón.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Las veces que vino a casa fueron después de almorzar, a eso de las dos de la tarde. Siempre llegaba recién bañado, con ropa que yo no le conocía y con unos modales que nadie le había visto en la escuela.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Entraba a cada habitación pidiendo permiso. Decía por favor y gracias ante cada vaso de jugo, cada taza de café con leche, cada plato de galletitas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Teníamos, creo, una relación de admiración mutua.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo admiraba cómo alguien con un físico tan parecido al mío —aunque tan distinto a la vez— podía correr con la pelota al pie, gambetear, tirar caños, hacer goles. Pero sobre todo admiraba otra cosa: verlo trabar mano a mano contra cuerpos más grandes y, muchas veces, ganar. Que fueran los altos y grandotes los que terminaran derrotados. Incluso asustados.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Era un año más grande que el resto del grado, y a los diez u once años esa diferencia se nota.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me enseñó que yo también podía ser fuerte siendo chiquito, y lo empecé a imitar como pude.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nunca supe si él admiraba algo de mí, pero más de una vez me dejó ayudarlo a entender lo que estaban explicando en clase.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En una de esas tardes, mientras le mostraba algún juego en la Commodore 64, me dijo que él se imaginaba de grande pidiendo plata en la calle.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y a mí, dueño o presidente de una empresa importante.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me enojé. Se lo negué de inmediato. Le dije lo que de verdad pensaba: que era demasiado inteligente para creerse los unos que se sacaba en los exámenes, que yo lo había visto entender todo y después convertir los bochazos en 8, 9 o 10, que en la secundaria le iba a ir bien.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Él sonrió con esa sonrisa compradora, agradeció mis elogios, dijo “ojalá”, y seguimos jugando.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Entonces intenté explicárselo en un idioma más sencillo:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;—Mirá, vos sos un jugadorazo. El más completo del grado. Sos rápido, habilidoso, tenés un cañón en el pie. Cuando bajás, recuperás pelotas... Pero no la pasás nunca. Por eso muchos no quieren jugar en tu equipo. Si en vez de querer gambetear a todos, esquivás a dos y la soltás para que te la devuelvan, ganarían siempre.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No le gustó demasiado el ejemplo; le había tocado el orgullo futbolero. Pero ese año fuimos campeones.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Al terminar la primaria no lo vi más durante años, hasta que me lo crucé en el centro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo no tenía que estar ahí. Estudiaba Ingeniería de Sistemas en la Universidad Tecnológica Nacional, y en vez de hacer la combinación de subte para ir hacia la sede de Medrano, decidí ir hacia uno de los cibers de banda ancha y pagar $1 por una hora de internet.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No estaba contento con la carrera que elegí, y menos con mis compañeros. Hacía semanas que le daba vueltas a la idea de cambiar de estudio. No sabía qué seguir, pero estaba yendo al ciber a descargarme cuanto pudiese de material sobre diseño y programación web.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La marea de gente del microcentro, apurada hacia trabajos en oficinas sin ventanas, se abrió y nos dejó frente a frente.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tardó dos segundos en reconocerme. Acostumbrado a que nadie lo mire, no advirtió que esta vez quien le aceptaba el papelito esperaba algo más.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Estaba tal como lo recordaba. Me dio la misma sonrisa compradora, junto con la publicidad de un prostíbulo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nos abrazamos. No era tiempo ni lugar para hablar de los años que habían pasado. Yo seguí hacia el ciber; él, laburando.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Unos seis años más tarde ya me había recibido de Diseñador Multimedial, y había conseguido trabajo en una agencia de publicidad multinacional. Esto fue gracias a la recomendación de una compañera de estudios y socia en nuestros primeros trabajos profesionales. Fue cuando cerca de las diez de la mañana, y siendo parte de esa marea que se dirige hacia oficinas sin ventanas, que lo volví a ver.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Él seguía repartiendo el mismo tipo de papelitos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Esta vez no chocamos, cruzamos miradas a un par de personas de distancia. Cuando pensé que no me había visto, se volteó en mi dirección y me saludó con un guiño de ojo y una media sonrisa intacta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tuve el impulso de saludarlo con un abrazo y llevármelo a tomar algo para que me cuente de su vida. No lo hice.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La última vez que lo vi fue otra vez en el centro, unos ocho años más tarde. Volvía de un almuerzo hacia la oficina de la consultora política donde trabajaba entonces.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No me vio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Supe que era él porque su cara, entre la corriente de gente, quedó un instante dibujada en mi retina. A veces sucede eso, el ojo sabe algo antes que el cerebro descubra de qué se trata, uno tarda en hacer las conexiones pero finalmente ocurren.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cuando me di vuelta ya estábamos separados por varios metros. Supe que era él.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Estaba más gordo, por eso no lo reconocí de inmediato. No sé si seguía repartiendo el mismo tipo de papelitos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Desde chico me incomodó escuchar a alguien decir que no servía para algo. En mi casa siempre se habló de elegir. De estudiar. De intentar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A mí y a mis hermanos nos enseñaron que los límites, si aparecían, eran para superarlos con trabajo. Que podíamos aspirar a lo que quisiéramos, a cambio de dedicasión.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Siempre pensé que a Diego no le habían dicho lo mismo que a mí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cuando me habló de su futuro había resignación en su voz, pero también algo más difícil de nombrar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo sabía que no era falta de inteligencia. Lo había visto entender todo en clase y después sabotearse. Tenía problemas con la autoridad, eso sí. Pero en mi casa fue siempre respetuoso, casi impecable.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Habiendo pasado tantos años, me atrevo a pensar que él percibió en mi casa algo ausente en la suya, y que lo hizo vaticinar esos senderos tan opuestos para nosotros.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sigo lamentando haber reprimido aquel impulso de invitarlo a charlar. Tal vez esa conversación me hubiera ayudado a entender ese límite que él veía y yo todavía no alcanzaba a ver.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Yo estaba convencido de que todo dependía de él. Hoy no sé.&lt;/p&gt;


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  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Elegí un número]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/elegi-un-numero.html</link>
    <guid isPermaLink="true">https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/elegi-un-numero.html</guid>
    <pubDate>2021-11-20T20:40:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      Pensalo bien, porque es para tu camiseta
    ]]></description>

    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Elegí un número</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 20 de noviembre de 2021
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Elegilo del 1 al 11, y pensalo bien porque va a ser para tu camiseta de acá hasta siempre. Pero no te confundas, que la camiseta no es la del equipo del que sos hincha, fanático o simpatizante. Es TU camiseta, la que te vas a poner en cualquier partido con amigos y desconocidos, en un potrero, una quinta, una canchita de 5, en la playa o en un campo. Entendiste la idea. Es una camiseta sin escudos, ni logos de patrocinadores que la identifiquen con una década o una era. Puede tener los colores y el diseño de tu club, pero te representa a vos. Y lo más importante: si lleva nombre o apodo en la espalda, será el tuyo y no el de alguien más. Si es que querés diseñarla con nombre.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con esto en claro, volvamos a la premisa inicial: elegí el número de tu camiseta, del 1 al 11. Eduardo Sacheri decía que si alguien entra con la 85, alguien preguntará “¿de qué juega el 85?” y otro responderá “de 9”, para un futbolero el resto de los números no tienen significado. Puedo entender y aceptar como excepción el 14, por ser la casaca que el Cholo Simeone llevó en su espalda por 106 partidos en la Selección Argentina, y que luego se calzó Javier Mascherano por otros 147, transmitiendo la misma impronta, valores y fútbol que representó el Cholo dentro del campo de juego.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Si sos arquero, tu número es el 1. No me vengan con boludeces de usar el 12, porque hasta los que defendieron un arco profesional con el 12 en la espalda siendo niños soñaron con un relator gritando “¡¡¡EL UUUNOOO!!!” ante una atajada, no jodamos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Si sos defensor en serio, vas a elegir el 2 o el 6, dependiendo sobre qué perfil te sientas más cómodo jugando, o a modo de homenaje a un ídolo de infancia. Si sos goleador, jugás con la 9. Pero para el resto de las posiciones, solo hay una única elección posible: el 10.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Todos estamos obligados a elegir ese número, aunque a alguno le dé vergüenza. Porque yo he sentido vergüenza al desear tener el diez en la espalda, creyendo que es un número que hay que ganárselo, o que incluso hasta debe ser asignado por los demás, casi como un reconocimiento a la trayectoria. ¡Qué equivocado he vivido! ¿Hacía falta que ya no esté para entender el verdadero significado de ese número en la espalda?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El 10 es históricamente el número que lleva el enganche, el creativo, el armador. ¿Qué espera uno del 10? Que destrabe un partido, con una asistencia al 9 para dejarlo mano a  mano contra el arquero, o una gambeta para escapar a la marca y pegarle de lejos al arco, quizás convirtiendo un tiro libre al ángulo. Poesía, si se me permite la metáfora. El 10 es el distinto, el mejor jugador. Pero no nos engañemos, porque eso está muy bien para los futboleros del resto del mundo, nosotros esperamos algo más. Así, con esas palabras, &amp;quot;algo más&amp;quot;.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Esperamos que si acaso acaba de sumarse a un picadito alguien con la 10, en la primera pelota que reciba tire un caño. Imaginamos que arrastrará a varios rivales en la cancha, logrando que gente de los alrededores se acerque para maravillarse con lo próximo que va a hacer. Queremos que ponga de rodillas al mejor arquero que exista, despatarrarlo al punto de hacerlo ver casi como un principiante, para luego empujar la pelota suave a la red. Deseamos que haga posible lo que nosotros sabemos imposible, y que lo haga en el mejor momento y escenario que exista... porque no todo es lo mismo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No es lo mismo ganarle un partido a Inglaterra en un partido amistoso a hacerlo en un Mundial, ni da igual que el Mundial sea Francia 1998 a que sea México 1986. Porque es obvio que un partido de fútbol no es una guerra, pero es ingenuo pensar que los argentinos y los jugadores no lo vivieron de esa manera (aunque para los micrófonos hayan dicho otra cosa). Porque aquellos que por su talento integraban la Selección de fútbol de Argentina formaban parte de un país que se vio involucrado en una guerra absurda producto de una dictadura, y portaban en ese momento la edad que sus compatriotas fallecidos tendrían de haber sobrevivido. Quizás para los ingleses era un partido de un Mundial, y tal vez por eso perdieron. No da igual hacerle un gol con la mano a un tramposo, como podemos decir sin vergüenza que es un mote que le cabe a un inglés. No se parece en nada el gambetear a cuanta pierna inglesa se cruce durante 10 segundos en el mediodía veraniego del estadio Azteca, por los cuartos de final de un Mundial, a esquivar a cuanta pierna española se cruce durante 12 segundos en la noche primaveral del estadio Camp Nou, por la primera semifinal de la Copa del Rey.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cuando te empatan un partido que ganabas 2 a 0, toda nuestra esperanza va a ir al 10, esperando una vez más que haga algo por nosotros, como filtrar un pase entre dos rivales y con dos tipos encima para dejar mano a mano a un delantero frente al arquero, a 5 minutos del final.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Del 10 esperamos que deje todo en la cancha, magia y cuerpo, como en el pase a Caniggia contra Brasil en Italia 1990, con un tobillo más hinchado que una pelota, con alguien que se infiltró a sí mismo, pero así y todo dejando atrás a 4 rivales y entregando un pase a aquél que corre como el viento para que haga el gol en la victoria más injusta de la que uno ha sido testigo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Somos un país definido por antagonías, fragmentado en los temas más diversos. No nos ha unido la política, ni la religión, ni el arte. Duele admitirlo, pero lo que une a una comunidad no es el argumento sino el rito; no es lo racional-discursivo sino lo emocional, lo simbólico, lo corporal. El mito. Lo que sentimos todos al mismo tiempo. Y Maradona nos dio alegrías y tristezas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Diego siempre tomó partido por el que tenía menos, por sus propios orígenes. Enfrentó a quienes miraban y juzgaban desde arriba, y los hizo caer donde mejor sabía hacerlo: en la cancha. Ellos solo podían intentarlo desde los escritorios. Hemos sido felices con sus logros y hemos llorado con sus derrotas deportivas. En sus peleas vimos las nuestras, porque para hacerlo basta con ser argentino y amar el fútbol.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Maradona nos enseñó que el que lleva la 10 va a dar todo de sí para dar vuelta cualquier adversidad. Fue lo que supo hacer, dedicó su vida a ello, fue su profesión. Hizo lo que enumeré en estos párrafos, lo que tantos otros pueden enumerar mejor, lo que tantos artistas reflejan en cuentos o canciones.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Por eso, cada vez que jugamos a la pelota, tenemos que llevar la 10. Porque no importa si no somos los más talentosos ni si no podemos abrir un partido cerrado. Se trata de que el 10 se hace cargo. Antes que magia, es responsabilidad. Es pedirla. No esconderse. ¿Y qué si no te sale?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;De ahora en más, voy a jugar siempre con la 10 en la espalda. Esperen entrega. Donde el partido me lleve.&lt;/p&gt;


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  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Todo tiene un límite]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/todo-tiene-un-limite.html</link>
    <guid isPermaLink="true">https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/todo-tiene-un-limite.html</guid>
    <pubDate>2021-02-24T20:10:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      Hay cosas que no se hacen
    ]]></description>

    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Todo tiene un límite</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 24 de febrero de 2021
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Chuche se colgó la mochila al hombro izquierdo, a pesar de no ser zurdo, y saludó:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡Adios, muchachos!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con respuesta generalizada de todos. Nico se acercó a Turu, que estaba sentado solo, apoyando la espalda en la pared, la cara colorada por la reciente actividad física y la remera empapada de sudor, pero sobre todo del agua que aún le bajaba por el cabello, después de haber metido la cabeza bajo una de las cinco canillas del baño.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nico se sentó a su lado, dispuestos ambos a ver el siguiente partido del campeonato, que había empezado hacía dos minutos. Antes de que Nico pudiera decir nada, Turu escupió las palabras en un tono lúgubre:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Casi lo cago a trompadas a Chuche.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Por? — respondió Nico mientras aún deslizaba la espalda por la pared hasta apoyar el culo sobre la baldosa fría.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿No lo viste?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Vi el partido entero. Me pareció que jugó como lo hace siempre. — La vista de ambos seguía la pelota que acababa de pasarles a un metro, mientras venían a cobrarse el lateral.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Si, fiel a su estilo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Y es un problema cómo juega?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— No, no me molesta cómo juega. — Turu se escurre la punta de la nariz; el agua brota de su cabeza.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— A veces intenta una de más, pero tiene esa habilidad extraña, se embrolla solo y sale limpio... ni él sabe cómo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Si, pero eso no me jode. — Turu gira su cabeza para ver a Nico a los ojos mientras responde, para dar énfasis a su postulado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Entonces ¿Qué te jodió?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Pero lo viste a él? ¿Le prestaste atención?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Bue... no sabía que tenía que hacerle un seguimiento especial. — molesto, continúa — Me pareció que hizo lo que hace siempre, nada grave. No tuvo incidencia en nada negativo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— No, no la tuvo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Te voy a cagar a trompadas yo a vos. ¡Decime qué carajo hizo tan grave! — Enfurecido, su mirada seguía atentamente la pisada y caño que ocurría delante de ellos, pegadito al lateral. Ambos dejaron la conversación para aullar un “uuuhhh!!!” con aplausos incluidos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Viste el partido entero, ¿no?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Decime entonces qué hizo Chuche el primer tiempo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nico piensa durante no menos de 10 segundos, mirada fija en la pelota que el arquero revolea al grito de “¡Muévanse, la puta madre!”.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Jugó el primer tiempo?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Ahí está, ¿ves? Te das cuenta que no lo viste durante todo el primer tiempo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿No lo jugó? Pero a la mañana estaba en clase, vino ¿no?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí, estuvo en el aula con nosotros, y como nos toca el primer horario fuimos a comer y volvimos. Pero el primer tiempo no lo jugó. — Turu se acomoda la media derecha, ligeramente caída.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Ok, a ver si entiendo... Chuche por alguna razón no jugó el primer tiempo, entonces les regaló la mitad del partido sin cambios a ustedes, ¿y te quejás? — Nico enrollaba un par de vendas, que minuciosamente colocará alrededor de sus tobillos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Eso que decis es cualquiera. Sí, jugamos más tiempo, pero nos cansamos más. Obvio que nadie quiere salir, pero es un campeonato, quiero ganar y tener un cambio menos es una desventaja al pedo si tenés un compañero afuera.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— No me vengas con que quieren ganar el campeonato, los escuché decir más de una vez que no juegan para salir campeones, que les importa la amistad, un rato de deporte competitivo, y toda esa gilada. — Nico terminó de vendar su tobillo derecho, y pasó al izquierdo — Si ustedes juegan para divertirse, un cambio menos es más tiempo de diversión para el que está adentro, no me jodas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Decimos eso y lo sostenemos. Pero ojo que me divierto ganando, no perdiendo. Quiero ganar todos los partidos posibles. No tenemos disciplina para salir campeones, eso está claro, y la condición que nos pusimos es que no nos vamos a pelear por perder un partido de fútbol. Pero te aseguro que todos queremos ganar la mayor cantidad de partidos posibles.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Ok, tenés razón y creo todo lo que dijiste. ¿Entonces qué mierda hizo Chuche para que lo quieras cagar a trompadas? ¿No jugar el primer tiempo y dar ventaja deportiva? — Nico proseguía con la colocación de sus botines, mientras que Turu ensayaba una elongación de su gemelo derecho a desgano.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Cuando llegó para el segundo tiempo ¿cómo lo viste?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Como siempre.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— No arrancó en cancha el segundo tiempo, lo viste parado al costado pidiendo el cambio — Turu imita el gesto de Chuche con las manos sobre su cabeza, y sus dedos índices enfrentados en un giro continuo, como si uno quisiera alcanzar al otro sin lograrlo — con la camiseta, pantalones largos y botines.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Como siempre — Nico respondía sin entender la repentina y exaltada gesticulación de su interlocutor.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Le viste la camiseta?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Te diste cuenta que estaba perfecta? Ninguna arruga tenía, estaba impecable, como nueva.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Y qué tiene que ver? — Nico empieza con pequeños saltos una poco seria entrada en calor.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Es que no terminás de entender lo que sucedió. Hoy estuvimos todos acá desde la mañana, cursamos y nos fuimos a morfar porque teníamos el primer horario de fútbol, ¿ok?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Llegamos de comer, y nos empezamos a preparar. Cada uno hace la suya, los que se descalzan para acomodarse las medias y ponerse los botines, los de la venda como vos, los que se ponen vincha o recogen el pelo, los botines atados de una manera en particular por cábala.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Por supuesto.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Todos tienen lo suyo. Pero Chuche se fue al carajo esta vez.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Qué paso? — ambos aplauden la barrida con quite que sucedió en la contra delante de ellos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Estábamos en esa, cuando saca la camiseta de la mochila. No la saca, empieza a revisar la camiseta dentro la mochila, y tira un “uh, no, que cagada”. Le pregunté si se la había olvidado, y me respondió &amp;quot;no, no&amp;quot;, pero le temblaba un poco la voz, medio raro. Le vuelvo a preguntar ya acercándome, porque era obvio que algo estaba pasando. Y no va que ahí medio que le da vergüenza y me esconde lo que tiene en la mochila.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Esconde la camiseta?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Si, ya la había visto en su mano, la guarda, cierra la mochila y me tira “está acá, pero está toda arrugada, no puedo jugar así”.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Y eso qué quiere decir?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Lo que oíste. Quiere decir que no puede jugar con una camiseta arrugada, no tiene otro significado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Por qué no puede?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡¿Y yo que mierda sé?! Me sonreí porque creí que me estaba haciendo una joda, pero con el semblante preocupado enfiló para la puerta. Salí a buscarlo para preguntarle que estaba haciendo, y me dice “me voy a casa y vuelvo. Arranquen sin mí, la plancho enseguida”. Ahí fue cuando me contuve de noquearlo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿En serio?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Posta.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Y qué hicieron? No entiendo nada...&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Le dije que era una boludez, que nadie se fija en eso, y que no iba a llegar porque empezaba en diez minutos. Me dijo que no le importaba, que hacía rápido. Obvio que no llegó, Congreso—Abasto—Congreso, ni en auto llega.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Llegó para el segundo tiempo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí, yo estaba recaliente, me hizo pensar durante todo el puto primer tiempo en que este tipo se fue a la casa a planchar la camiseta porque no puede jugar con una camiseta arrugada. No lo quería dejar entrar. Aparte pretendía jugar todo el segundo tiempo, ya que no había jugado nada del primero.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Y no, no jugó.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— O sea, a diez minutos de jugar un partido de campeonato, el tipo eligió irse: se tomó un bondi (o taxi, qué se yo...) hacia la casa para planchar la camiseta y volver. Vos en mi lugar, ¿qué hacés?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El silencio se quedó ahi entre los dos. Quizás fueron dos minutos o diez, se sintió eterno.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Me parece que eso de que &amp;quot;si perdemos somos amigos&amp;quot;, funciona si están todos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ambos siguieron viendo lo que restaba del primer tiempo en silencio.&lt;/p&gt;


        <hr>

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          <p>
            Este texto se publica bajo licencia
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          </p>

          <p>
            ContraATAQUE — Historias cuyo hilo conductor es el fútbol.<br>
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  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Revolución]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/revolucion.html</link>
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    <pubDate>2020-08-11T17:24:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      Las rebeliones suelen tener su origen en una injusticia
    ]]></description>

    
      
        <category>injusticia</category>
      
        <category>rebeldía infantil</category>
      
        <category>autoridad y normas</category>
      
        <category>organización colectiva</category>
      
        <category>infancia</category>
      
        <category>memoria escolar</category>
      
    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Revolución</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 11 de agosto de 2020
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Los penetrantes ojos azabache de la Seño recorrieron la humanidad de los presentes, uno por uno. Era nueva, su primer año en la escuela, y nosotros los veteranos. Eso decía nuestro bien ganado 7° grado A, y éramos unos cuantos los que transitábamos nuestro noveno año en el establecimiento, por haber estado desde jardín, o salita de cuatro años.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La Seño se paró en la puerta del aula:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Todos los caballeros, entren. Las señoritas se quedan acá afuera, sin que las oiga hacer ruido. En el resto de las aulas pronto van a estar en clase y ahora tengo que hablar sólo con los varones.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ese fue el cierre del primer recreo del segundo día de clases de aquel último año de escuela primaria. Los varones entramos sabiendo que lo que venía a continuación era un reto importante, quizás hasta con sanción disciplinaria (de una época en la que podían echarte de la escuela, aunque siempre hubo mitos de que a los de séptimo no podían expulsarlos).&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— A ver, necesito que me expliquen, porque es difícil de entender. Ustedes son grandes como para haber hecho lo que hicieron, y de esa forma…&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A partir de ese año, en séptimo ya no nos sentábamos en pupitres individuales. Estos se disponían conformando mesas grandes de trabajo en equipo, seis en total, mezclando varones y mujeres en un orden entre aleatorio e impuesto, para generar diversidad en cuanto a mérito académico y género, procurando ocupar el mayor espacio posible dentro del aula. Esta distribución permitía “romper” con los grupos de amistad preestablecidos por llevar ya siete años en la escuela, y algunos de nosotros nueve.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La fulminante mirada recorría uno a uno los grupos, y uno por uno los ojos de quienes se atrevían a sostenerla.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— … ignoraron una orden por demás clara, y de una manera que pocas veces he visto, y me sorprende por lo que conocí ayer de ustedes...&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;p&gt;Cinco minutos antes, estábamos sentados en ronda en el pasillo, jugando un partido de Truco. Se jugaba de a seis, aun cuando muchos de nosotros nunca lo habíamos hecho de esa forma, y ambos equipos estaban en las malas cuando la Seño se acercó:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Quién les dio permiso para jugar a las cartas?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La mirada entre los participantes de la ronda fue de incredulidad. Seguros de que se trataba de un chiste, notamos que el semblante de la Seño se volvió más serio de lo normal. Sin animarnos a responder, guardamos las cartas mirando el piso y deshicimos el círculo.&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;p&gt;— … me gustaría darles la oportunidad de que se expliquen, porque me han hablado muy bien de este grupo y no quisiera apresurarme al elevar una sanción disciplinaria.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Una mano en alto pidió la palabra:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Lo escucho.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Gracias. Antes que nada, me gustaría que quede claro que siempre supimos que lo que hacíamos no era correcto. Pero me gustaría que se ponga por un momento en nuestro lugar. Ayer, en el recreo, se nos prohibió jugar a la pelota. Usted dejó en claro los motivos de esa decisión, recomendada por la Dirección. Nos explicó que la causa era porque otros grados, más chicos que nosotros, nos habían copiado y jugaban también a la pelota, pero a diferencia de nosotros, que de alguna manera fuimos quienes impusimos el juego en el pasillo con una pelota de papel, armada así como lo hacemos, para que no rompa vidrios, ellos se habían animado a traer pelotas de tenis, o incluso las nuevas de cuerina rellenas de goma espuma. No sólo rompieron ventanas, sino que el juego había empezado a volverse más rudo y peligroso, con algunos heridos de seriedad. Los menores no supieron copiar lo bueno y lo volvieron peligroso. Nuestro tradicional juego del recreo por los últimos dos años tuvo que cambiar a la fuerza, y no porque nosotros hayamos hecho algo mal, sino porque los demás no supieron hacerlo bien. Ayer lo aceptamos, y lo primero que hicimos fue volver a lo que hacíamos antes, pero al jugar a la mancha también nos llamaron la atención porque corríamos muy rápido y eso podía provocar que otros chicos se choquen y lastimen. Volvimos a aceptar, y evaluamos traer juegos de mesa, pero eso quiere decir que hay que traerlos y llevarlos a nuestras casas todos los días, recuerde que nos dijo que acá no se pueden guardar. Finalmente a alguien se le ocurrió que un mazo de cartas era algo fácil de tener en la mochila, y eso nos permitía jugar en el recreo, sentados, sin riesgo a que ningún chico se lastime corriendo. Piense ahora cómo nos sentimos cuando habiendo obedecido todas las órdenes, sin jugar a la pelota, sin correr, y todo esto para resguardar a chicos de otros grados que nos copian mal, usted se acerca y nos dice que no podemos estar sentados jugando a las cartas...&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;p&gt;Cuatro minutos antes de que la Seño nos invitase a pasar al aula, luego de desarmar el círculo en el que jugábamos al Truco, el mismo sentimiento creció dentro de nosotros. El de la injusticia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No es justo que nos despojen del juego que tanto nos apasiona desde quinto grado. No es justo, porque los idiotas fueron otros. Porque hay que ser idiota para llevar una pelota de tenis para jugar al fútbol en un pasillo, es obvio que eso está fuera de los límites. Tampoco es justo que nos quiten un juego tan inocente como La Mancha, del que disfrutamos los primeros cuatro grados. No es justo que no podamos correr como chicos, que al fin y al cabo eso somos: chicos de 12 años corriendo. No por ser los mayores de la escuela hay que ignorar que, en el recreo, un chico de 12 años también quiere jugar. No es justo que las autoridades de la escuela no sepan lidiar con que a los chicos les gusta jugar en el recreo, y un juego a veces termina con alguien lastimado o golpeado, es inevitable y, si me apuran un poco, necesario.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Y ahora, qué hacemos?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Juguemos a la pelota. No importa lo que hagamos, igual nos retan. Si va a ser así, por lo menos juguemos a la pelota…&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pocas veces un grupo de personas tan heterogéneo se hermana detrás de una causa. Sin importar cuál sea el motivo o qué tan loable parezca, siempre hay desertores. Alguien se arrepiente en algún momento, enseñándonos que la traición tarde o temprano nos llega a todos, sin importar —insisto— qué tan noble sea la causa común. Pero en ese primer recreo del segundo día de clases, si bien fuimos todos los varones los de la iniciativa, me animo a afirmar que a algunas de las chicas también les hubiese gustado estar junto a nosotros haciendo frente a la injusticia. Cabe aclarar que, a mediados de los noventa, las chicas aún no se empoderaban como lo hacen ahora, ni se animaban a mezclarse en los mal llamados “juegos de varones”.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;De los bolsillos del guardapolvo se mancomunaron papeles dando forma a una pelota de papel que se introdujo en una pequeña bolsa de plástico, la cual se cerró minuciosamente quitándole el aire, para finalmente envolverla con cinta Scotch (o similar), dándole estructura y fortaleza, todo en cuestión de segundos. Rápidamente nos pusimos a jugar… incluso quienes no solían hacerlo.&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;p&gt;El semblante de la Seño había cambiado. Su mirada ya no destilaba bronca, y su voz pasó de la de alguien que se sabía con autoridad a la de quien quiere ser mediador entre dos partes antagónicas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Yo no dije eso. Les pregunté quién les había dado permiso para jugar a las cartas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Pero se necesita permiso para jugar a las cartas?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Esto es una escuela primaria, un establecimiento educativo que debe guardar las formas. Un grupo sentado en círculo, con un mazo de naipes en el centro, puede ser visto por las autoridades como una incentivación a las apuestas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡¿Pero usted piensa que nosotros estamos apostando en un partido de Truco?!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— No, no creo que estén apostando, pero si las autoridades del distrito escolar (que está acá a la vuelta) hicieran una visita a la escuela, ellos, que no los conocen, sí lo pueden pensar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Bueno, entonces al menos a mí no me queda claro qué se puede y qué no se puede hacer en el recreo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Lo que quieran, siempre que no involucre riesgos físicos o actividades ilegales.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡¿Pero hicimos algo ilegal?!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Hicieron algo sin pedir permiso.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— … Entonces, ¿nos da permiso para jugar a las cartas en el recreo, sin apuestas?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí, tienen mi permiso, pero también necesitan el permiso de la Directora.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— No hay problema, ¿Podemor ir a hablar con la Directora para pedirle permiso para jugar a las cartas, sin apuestas, en el recreo?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí, decidan quiénes de ustedes quieren ir y los acompaño.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sentimos que la primera batalla ya había sido ganada. Atrás había quedado la amenaza de una sanción, y ahora la Seño iba a estar a nuestro lado en lo que sería el final de una guerra. Así lo vivimos en ese momento, aunque probablemente la psicología aplicada por la Seño haya sido la de no perder autoridad en su segundo día de clase frente al séptimo grado, haciendo que primero le pidieran permiso a ella y luego poniéndose al frente de una iniciativa de unos alumnos que querían pedir permiso a la Dirección, con nada más que respeto.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Fuimos a la Dirección y esperamos fuera mientras la Seño hacía una introducción sobre el tema a la Directora. Nos hicieron pasar, lo cual hicimos pidiendo permiso, y nos invitaron a sentarnos en unas sillas puestas delante de un hermoso escritorio de madera, el cual no tenía encima ninguna hoja o carpeta: sólo una lámpara y objetos decorativos. Del otro lado, en una silla estilo Luis XV, la Directora nos saludó, teniendo como escolta, sobre su flanco derecho, a La bandera Nacional Argentina. La Seño esperó en la puerta, del lado de adentro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Buenos días. — dijimos casi al unísono&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Buenos días.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— No sé si la Señorita le dijo el motivo de nuestra visita.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Me dijo que ustedes tenían una inquietud que les gustaría resolver aquí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La Directora no nos miraba a los ojos, pero no porque fuésemos nosotros quienes estábamos frente a ella. Creo que tenía algún impedimento físico para hacerlo. Ella veía, pero le era imposible llevar la mirada hacia la cara de su interlocutor: siempre se desviaban como buscando algo por encima de la cabeza del otro, y a no menos de diez metros de distancia. Ya lo había notado antes, pero tener la experiencia de hablar, escritorio de por medio, con una persona que parece estar viendo un fantasma flotando detrás tuyo es inquietante.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Estamos acá presentes y en representación del grado, porque, como bien sabrá usted, no podemos jugar a la pelota durante el recreo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí, eso está fuera de discusión. No sé si han venido a preguntar si pueden jugar a la pelota, pero no es algo que se pueda volver a hacer.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Un tono algo molesto se dejó entrever en sus dichos, pero eso no nos acobardó. Al contrario, arremetimos más seguros de nuestras convicciones.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— No, no vinimos a discutir eso, están más que claros los motivos por los que ya no se puede jugar a la pelota, y estamos de acuerdo con ellos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Entonces?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La mirada, nuevamente, perdida por sobre nuestras cabezas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Le comento. Estuvimos pensando con mis compañeros a qué podíamos jugar durante los recreos, y se nos ocurrió que podíamos traer un mazo de cartas y jugar al Truco, sentados en ronda en el pasillo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡Qué bien! ¿Y ustedes saben jugar al Truco? Saben que es un juego que nunca pude aprender. Me termino confundiendo con el orden de las cartas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí, de hecho estamos aprendiendo a jugar de a seis.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Seis en la misma partida? Desconocía que se podía jugar con esa modalidad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;A esta altura de la conversación estaba claro que la Directora era un ser al que ya no podíamos respetar. No obstante, conservamos las formas y los modales, guardándonos para nosotros nuestro juicio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— La Señorita nos hizo notar que, antes de jugar a las cartas en el recreo, era prudente que le pidamos permiso a usted para poder hacerlo. Me gustaría aclarar que nosotros jugamos sin que haya apuestas de por medio.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Es que no se puede jugar a nada con apuestas, no está bien eso en una escuela.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En verdad, apostar no está bien en ningún ámbito, pero esa discusión no se llevó a cabo en la Dirección.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Desde ya que no, por eso la aclaración, para pedirle permiso para jugar a las cartas en el recreo, sin apuestas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí, por supuesto. Tienen el permiso de la Dirección.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡Muchas gracias! Eso era todo lo que vinimos a preguntar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Muy bien, pueden retirarse entonces.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nos fuimos reiterando las gracias y, pidiendo nuevamente permiso, nos retiramos triunfantes de la Dirección. Nos saludamos mutuamente fuera de la oficina mientras la Seño tenía unas últimas palabras con la Directora, felices de volver con la victoria de nuestro lado. Subimos hasta el pasillo de nuestro aula y nuestros compañeros, que aguardaban sentados contra la pared en el pasillo, se pararon de un salto preguntando.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Y? ¿Qué pasó? ¿Pudieron?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Sí, tenemos permiso para jugar a las cartas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡Vamos, todavía!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡Sabíamos que no iban a fallar!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡Eso no tenía sentido!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¿Y a la pelota también? ¿Podemos jugar a la pelota?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— No, pescado, si no fueron a pedir eso… qué salame, dejá, no entendió nada este, ni te calentés en explicarle.&lt;/p&gt;
&lt;hr /&gt;
&lt;p&gt;Hasta el día de hoy no creo que la Directora haya entendido por qué un par de alumnos de séptimo grado, con su docente a cargo, se encontraban en su oficina pidiendo permiso para jugar a las cartas, sin apuestas, en el recreo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En ningún momento se habló de que habíamos jugado a la pelota en el pasillo desafiando la orden de la Dirección. Eso ya era anecdótico y, en cierto punto, creo que les convenía no discutir abiertamente los detalles y motivos de aquel acto de rebeldía preadolescente. Porque, si bien el fútbol no volvió a los recreos de la escuela, fruto de la rebelión de los alumnos de séptimo grado fueron los pasillos de los grados mayores llenos de grupos de chicos y chicas sentados en ronda jugando al Truco. A pesar de la ausencia de caños, gambetas, goles y atajadas, esos círculos de chicos con un mazo de naipes recuerdan el triunfo de una revolución cuya única arma fue una pelota de papel.&lt;/p&gt;


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      </article>
    ]]></content:encoded>

  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Sobre lo trascendental]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/sobre-lo-trascendental.html</link>
    <guid isPermaLink="true">https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/sobre-lo-trascendental.html</guid>
    <pubDate>2020-05-30T17:02:00Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      ¿Un árbol? ¿un libro? ¿un hijo? hay otras cosas que hacer
    ]]></description>

    
      
        <category>trascendencia</category>
      
        <category>memoria</category>
      
        <category>amistad</category>
      
        <category>aprendizaje</category>
      
        <category>paso del tiempo</category>
      
    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Sobre lo trascendental</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 30 de mayo de 2020
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;De Mujámmad, Mensajero del Islam, se le atribuye una frase:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;“La recompensa de todo trabajo que realiza el ser humano, finaliza cuando éste muere, excepto tres cosas: una limosna continua, un saber o un conocimiento beneficioso y un hijo piadoso que pide por él, cuando éste está en la tumba”. O dicho de una manera más familiar, “En esta vida hay que hacer tres cosas: plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo.”.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con esta lista a menudo se intenta responder a las preguntas existenciales de la humanidad, las que plantean quiénes somos, hacia dónde vamos y por qué existimos. Cuando un niño escucha esta frase por primera vez, probablemente su imaginación se dispare en adivinar cómo lucirá físicamente al llevar a cabo cada una de esas tareas, quizás usando a su madre y padre como espejo de uno mismo pero “siendo grande”.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con el correr de los años uno empieza acaso a comprender lo complejas que en verdad son estas tres tareas, ya que plantar un árbol lo puede hacer cualquier persona con las capacidades de introducir una semilla en la tierra. Lo difícil es que esa semilla brote, se convierta en planta, supere pestes, se haga fuerte, sobreviva a climas, a trasplantes y crezca hasta convertirse en un árbol capaz de subsistir por sí solo sin nuestros cuidados diarios. Comer sus frutos o disfrutar de su sombra y aromas es algo que quizás no lleguemos a gozar.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Similar ocurre con escribir un libro. Sentir la necesidad de escribir sobre un tema en particular, volcar correctamente ese conocimiento en palabras y construcciones gramaticales para que se interpreten nuestras ideas requiere de borradores, correcciones y disciplina. Me animo a darle al producto final de “libro” el calificativo de “testimonio” de aquello que se ha estudiado, investigado y procesado.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Tener un hijo no es engendrar. Perpetuar la especie, para quien no tiene un impedimento biológico, tiene menor complejidad que las otras dos de la lista (y un proceso más divertido). Pero velar por la vida de un bebé, alimentarlo, atender sus enfermedades, enseñarle pactos sociales, acompañarlo en sus triunfos, pero sobre todo también en sus fracasos, lograr que se convierta en un hombre o mujer de bien, es lo que en verdad conlleva el tener un hijo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Suponiendo que el sentido de la vida se halle detrás de estas ya no tan simples tareas ¿podrán encontrarlo quienes no puedan cumplir con alguno de los mandatos?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¿Acaso escalar una montaña no lleva una preparación especial? Me queda claro que no solo se debe contar con un equipamiento especial, sino que para saber usarlo hay que ir haciendo cumbre en montañas más chicas. Deberemos aprender a escuchar a la naturaleza para descifrar lo que nos pronostica, como una lluvia próxima, o un frío o calor inoportuno, ya que deberemos encontrar refugio y acampar en el lugar más apropiado. Sin haberlo hecho jamás, me animo a concluir que escalar una montaña es aún más completo que plantar un árbol.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;(1) (2) (3)&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Quienes lean estas líneas han accedido a una educación, algo a lo que lamentablemente muchos en este mundo aún no pueden aspirar. No obstante, aún quienes no tengan la capacidad intelectual de escribir un libro no están ajenos a cumplir con el segundo mandato, ya que “escribir un libro” puede ser también contar nuestra propia historia, así sea oralmente, para que nuestro ejemplo de errores y aciertos sirva a las generaciones futuras. Quizás quede más claro en las palabras del profeta, “... un saber o un conocimiento beneficioso…”,  sin importar el soporte que el mismo tenga.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Siendo niños o adolescentes podremos proponernos dominar un instrumento musical, para luego plantearnos la composición de una canción, y luego otra. No encuentro el componer canciones muy diferente a escribir un libro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;(27) (28) (29)&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Aquellos que no puedan concebir un hijo, podrán educar o contribuir en la formación de otra persona, alguien quien herede nuestro conocimiento en pos de una sociedad mejor. No parece fácil, pero tampoco imposible.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Hay quienes concluyen que el camino que se recorre en la realización de estas tareas permite descubrir el esfuerzo que conllevan, siendo éste proceso de constante superación y formación el verdadero sentido de la vida y búsqueda de la felicidad. Un anhelo de eternidad, perpetuarse uno ya sea en el conocimiento adquirido de la experiencia devuelto a la humanidad, en los beneficios o limosna continua de un árbol o en la réplica de un hijo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;(44) (45) (46)&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;En lo personal, y volviendo a lo literal de la lista, soy padre, y si bien mi hijo mayor no llega a sus dos años al momento en que escribo estas líneas, empecé a transitar ese camino de formador de hombres de bien. Se podría decir que estos cuentos que escribo podrán ser un libro algún día, y si bien aún no planté un árbol, no sólo deseo hacerlo sino que planeo convertirlo en bonsai.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pero sinceramente, lo único que realmente me importa en este momento, y lo admito con un poco de vergüenza, es llegar a 100. Me podrán decir que ante semejantes planteos existenciales de los que vengo filosofando esto es una pavada, infantil quizás, y están en lo cierto.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;(60) (61) (62)&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Porque a no me cabe duda de que Fer tuvo razón cuando lo dijo hace ya 19 años. En una charla de sobriedad absoluta, su enunciado fue como a quien se le ha revelado un nuevo mandato, donde por un momento, no tenía frente a mí a mi amigo, sino a un instrumento entre la humanidad y Dios:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Antes de morir, hay que hacer 100 jueguitos seguidos sin que la pelota toque el suelo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Durante el sagrado mensaje, el sol del ocaso se asomó por detrás de una nube en la playa de Villa Gesell, iluminando por su espalda a un Fernando que se incorporaba, mas no con las dos tablas del decálogo bajo sus brazos, sino con una número 5. Dió unos pasos hacia adelante, donde había arena un poco más húmeda y firme, y fue a la conquista de la empresa, cosa que logró al tercer día con sus noches.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;(78) (79) (80)&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No lo tomé en serio durante ese verano, tampoco al siguiente. Pero una cosa es segura durante todos estos años: cada vez que agarro una pelota en los momentos previos a que empiece un partido, esos minutos en los que se hace la entrada en calor y luego se patea al arco, el décimo primer mandato resuena una y otra vez en mi cabeza, recordándome que mi paso por esta vida aún tiene una tarea inconclusa.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;(92) (93) (94)&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pero ya casi, solo me faltan...&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;...&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;(1) (2) (3)...&lt;/p&gt;


        <hr>

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          <p>
            Este texto se publica bajo licencia
            <a href="https://creativecommons.org/licenses/by/4.0/" rel="license">
              Creative Commons Atribución 4.0 Internacional
            </a>.
          </p>

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      </article>
    ]]></content:encoded>

  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[¿Cuál fue el mejor gol de tu vida?]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/cual-fue-el-mejor-gol-de-tu-vida.html</link>
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    <pubDate>2019-08-30T22:49:07Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      Valen la pena recordarlos
    ]]></description>

    
      
        <category>memoria</category>
      
        <category>amistad</category>
      
        <category>improvisación</category>
      
        <category>vanidad</category>
      
        <category>épica cotidiana</category>
      
    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>¿Cuál fue el mejor gol de tu vida?</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 30 de agosto de 2019
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Uno creería que la respuesta a esta pregunta debe ser automática. Y si acaso uno de tus goles valió un campeonato, salvó de un descenso o definió un clásico, no se puede elegir otro. En mi caso, no hice ninguna de esas cosas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cuando me hicieron esta pregunta hace unos años me quedé mudo, con la mente en blanco. Jamás se me ocurrió pensar en eso, y si no fuese porque un amigo respondió por mí, aún estaría haciendo memoria.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me encontraba en casa un mediodía luego del colegio, cuando recibí la invitación a jugar un partido en el que además de mi presencia se requería conseguir a dos jugadores más. Fue la única vez en la vida que conseguí a dos amigos para sumarse con tan poca anticipación, ya que el partido empezaba en las próximas 3 o 4 horas.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Esa tarde fuimos a las canchas de Federación Caballito, en Avenida La Plata y autopista, y en ese 5 contra 5 se me presentó una oportunidad de hacer valer el pequeño talle de mi pie para trabar con firmeza el balón, quedando reposado sobre mi pie mientras el rival, perplejo, siguió de largo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con pelota dominada en la medialuna de nuestro área, arranco porque otra opción no tengo y quiero evitar que se recupere a quien le quite la pelota. Un primer rival sale al corte rápidamente, con su pie izquierdo ya intentando cortar el pase a mi amigo (sí, el testigo) que está de 8. Está regalado: empujé la pelota adelante, tirando el caño. Ojo que no estuvo mal lo que pensó, si hacía el pase el flaco anticipaba, y quedaba a tiro de gol.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Al que está de 5 no le gustó una mierda que haya recuperado una pelota y tirado un caño casi en la misma jugada. Viene decidido a cruzarme fuerte, quiere llevarse pierna y pelota. Mi cuerpo amagó con irse de wing derecho, y como Houseman puntee el balón un poquito hacia adelante, enganchando rápido hacia la izquierda.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡¡¡uuuhhh!!!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Este caño fue hermoso.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Me quedó un poco larga, pero estoy en velocidad y en ventaja de posición. Mientras corrijo el trayecto hacia adelante, no pude evitar la sonrisa de satisfacción, mas no de burla.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cruzando mitad de cancha volcado hacia la izquierda, debido a mi enganche largo, quedan un defensor y el arquero. Al ser diestro voy a necesitar perfilarme para tirar al arco. Todo este tiempo mi amigo siguió corriendo por derecha, siendo por lejos la opción más segura para que esto termine en gol.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El último hombre es corpulento, es defensor de oficio, sabe cortar pases y juega bien. Lo sé de primera mano porque hasta ahora nunca lo pasé. Y vio que hice dos caños seguidos, sabe que es el último bastión de la defensa, y que hasta ahora no fui alguien de quien él deba preocuparse. Está claro cómo debe seguir la jugada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y creeme que iba a hacer eso, tirar el pase y buscar la devolución. Pero ¿sabés qué pasó? Este flaco vino hacia mí sonriendo. ¿Entendés? El chavón estaba tan seguro de lo que yo tenía que hacer, que ya se estaba burlando. ¿Me animaré a tirarle un caño?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Con mi pie derecho encaminado para dar el pase de cara externa hacia mi amigo, la empujo para adelante y que pase. Otro caño.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mano a mano con el arquero. Convengamos que no es arquero, es el que ataja. Tres caños seguidos, corriendo desde nuestro área hasta tres cuartos de cancha. Solo pienso en que esta jugada tiene que terminar en gol, y me aborda la duda de en cómo voy a definir: ¿trato de asegurar pegándole fuerte? ¿Y si intento desparramar al que ataja? ¿O mejor a colocar al segundo palo? ¿O que también sea de caño?&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mi amigo ya ni me la pide: me reclama que lo haga.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El que ataja está asustado, y sale torpemente, dubitativo, dando un paso adelante y otro atrás. Estando totalmente perfilado, sé que el caño puede verse ya insultante de mi parte, aunque de todos los rivales este es el más fácil para lograrlo. Y en ese momento, fue instinto. Le di un puntinazo horrible, rasante, al medio del arco. Al que ataja lo traicionó su inconsciente, que lo convenció de que él era la mejor víctima al cual tirarle un caño, y en cuanto se dió cuenta que le pegué a la pelota reaccionó cerrando las piernas, en un acto reflejo inverso. El mejor gol de mi vida fue carente de cualquier clase o estética en la definición, pero hermoso en la creación de la jugada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Es curioso cómo toda esta jugada improvisada debió haber quedado en el olvido si no fuese por esa pregunta que alguna vez alguien me hizo, y que para mí fortuna un testigo del hecho se encontraba a mi lado para traerla a mi memoria, y ahora si, ser recordada por siempre para mi vanidad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Sólo queda preguntarse ¿cuántos golazos se ha perdido el mundo al no quedar registrados, ya no siquiera en video, sino en la memoria de su autor?&lt;/p&gt;


        <hr>

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            Este texto se publica bajo licencia
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              Creative Commons Atribución 4.0 Internacional
            </a>.
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  </item>

  

  <item>
    <title><![CDATA[Labruna]]></title>
    <link>https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/labruna.html</link>
    <guid isPermaLink="true">https://contraataque.nicolasflores.com.ar/cuentos/labruna.html</guid>
    <pubDate>2019-07-23T18:53:20Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      De cuando jugaba en El Arsenal
    ]]></description>

    

    <content:encoded><![CDATA[
      <article>
        <header>
          <h1>Labruna</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 23 de julio de 2019
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Tenía un poco más de un año cuando Ángel Labruna falleció. Aprendí quién fue esta figura de nuestro fútbol porque cualquier hincha de River que supera los 50 lo menciona por ser el técnico que rompió con los 18 años sin títulos. Y porque, además, sus padres supieron contarle de La Máquina, de la cual él formaba parte en ese ataque fenomenal. Y luego uno va leyendo y escuchando, y Labruna de una manera u otra aparece.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Pero la primera vez que escuché “Labruna” fue en El Arsenal, en el picadito de los sábados a la mañana. Entre los regulares venía un viejo flaco, de unos (estimo) setenta y varios años, de impecable conjunto de gimnasia rojo furioso (el de las tres tiras), calzado negro, medias blancas por fuera envolviendo las mangas de los pantalones y bufanda gris que se metía por debajo del cierre de la campera. Su cara era igual a la de Don Ángel, por lo que el viejo era llamado por todos Labruna.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Esos partidos juntaban a muchas generaciones, siendo yo el más joven y el viejo Labruna el mayor. Jugábamos casi 11 contra 11, a veces éramos más, otras menos, en la cancha que hoy en día sigue estando y que va a lo largo de Avenida Brasil, frente al hospital Garrahan. Un potrero de pasto gastado en el centro por la cantidad de juegos y ya casi totalmente de tierra, pero siempre con verde hacia los laterales.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Labruna jugaba arriba (como no podía ser de otra manera), pero de wing derecho a diferencia de su homónimo riverplatense que lo hacía por izquierda.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo cierto es que jugar con Labruna era hacerlo con uno menos. No porque el tipo fuera viejo, sino porque no se hacía cargo de serlo. Es sabido que a medida que uno envejece las posiciones a ocupar dentro de la cancha son las de defensa, ya que para atacar se precisan cualidades más fáciles de explotar en la juventud, como la velocidad y habilidad, las cuales se pueden contrarrestar con experiencia, que te permite recuperar la pelota sin necesidad de correr. No obstante Labruna insistía con las posiciones ofensivas, y el viejo no se daba cuenta que su lentitud era un problema. Si cualquiera que haya llegado a sus 30 años nota que el cuerpo ya no alcanza la velocidad que solía, imaginate a los 70.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Como se paraba de wing, eso implicaba que al recibir la pelota la obligación era gambetear (o superar en velocidad) a tu marca y mandar centro. Si por milagro el viejo lograba sortear la marca, el intento de centro terminaba en el pecho del segundo marcador central. A Labruna ya no le quedaba fuerza en la pegada.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Algo que siempre me causó gracia era la forma de pedir la pelota que tenía. Un único grito, lanzado con energía pero a su vez de bajo volumen. Este era un grito siempre un poco afónico, en lo que era ya un estado natural de su voz.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡¡¡Seeeeeeehhh!!!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;No puedo describir con palabras el tono de su voz, pero créanme cuando les digo que por algún motivo está grabado en mi memoria, e incluso hoy en día, de escucharla, la reconocería.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Jugué en esos combinados alrededor de un año, en toda clase de partidos. Pero el momento que traigo como relato es el de una mañana primaveral, nubosa y por momentos con esa garúa de la que te moja la cara pero no el piso. Los equipos siempre cambiaban pero en el de Labruna nunca faltaba el Tordo, que era líbero, difícil de pasar, siempre bien parado y el que respondía a la premisa &amp;quot;pasa la pelota o el jugador, pero no los dos&amp;quot;. Un cincuentón competitivo aún físicamente. Ese día las negociaciones en el círculo central hicieron que el dueño de mi pase sea el equipo de Labruna y el Tordo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El Tordo (claro capitán) me mandó arriba por derecha, cerca de Labruna. No me molestó porque su amistad con el viejo le hacía tirarle pelotazos, y mi posición era para que Labruna tenga a quien darle un pase, y también para que en cuanto le quiten la pelota haya alguien molestando en la marca. A mi me gustaba porque siendo un chico eso me podía garantizar cierta participación en el juego.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El partido fue horrible. Los dos equipos desordenados, amontonaban gente alrededor de la pelota, como si fuesen niños los que jugaban. No sé cuántos goles se marcaron, pero el partido estuvo casi siempre en empate.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Apenas si había tocado la pelota cuando decidí bajar un poco a una posición de 8 retrasado. Bajé porque mis compañeros en el medio no podían armar juego, y quizás estando más cerca podía ser opción de pase... a pesar de los reiterados retos del Tordo y del resto de la defensa para que me ponga de media punta, y así poder tirarme un pase (pelotazo) en profundidad y apelar a mi velocidad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ya era cerca del mediodía cuando definitivamente no iba a llover más, y el sol empezaba a picar lo suficiente como para que varios se quitaran lo que les quedaba de abrigo. En el potrero nadie mira el reloj ni se lleva el tiempo de juego, se intuye cuándo es la última jugada, y era claro para todos que el final estaba próximo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y fue cuando vino el corner para ellos. Con el partido empatado, algunos compañeros claramente cansados ya buscaban la mejor posición para ver cómo nos convertían el gol, o ya iban pispeando en dónde habían dejado las llaves o el bolsito para rajarse a morfar después de lo que era la última jugada. Yo siempre fui mal perdedor de chiquito, y en el fútbol es algo que aún arrastro un poco. Hoy en día me sigo amargando si pierdo un partido. Aún si vamos perdiendo por goleada pienso que lo podemos remontar. No iba a abandonar así nomás, y entonces me propuse adivinar a dónde iba a caer la pelota ante un supuesto despeje de nuestra defensa. Tendría mejores oportunidades en un lugar donde ningún rival pueda cabecear la pelota y donde pueda aprovechar mi velocidad, mi única real ventaja. Además, era conveniente que me posicionara cerca de nuestra área, porque no creía que mis compañeros puedan dar un pelotazo que llegue hasta mitad de cancha. Elegí ponerme de 5, unos metros delante de nuestra área, cerca de la medialuna, y con mi cuerpo en posición de carrera hacia la derecha, esperanzado con que el despeje sea hacia allí y pueda correr con mi perfil hábil para controlar la pelota.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Centro abierto desde la derecha a donde debiera de estar dibujado el punto del penal, el nueve de ellos con dos tipos encima había corrido hacia el primer palo, dejando atrás a la marca y por suerte también a la pelota. Elevado en un salto como nunca, el Tordo mete un testazo con la única intención de que la pelota se vaya a la mierda.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La pelota se dirige un poco hacia la derecha, picando luego del violento cabezazo. Alcancé la pelota con la cabeza en alto, y está claro que no voy a poder seguir con pelota dominada sin tener que gambetear (al menos) a dos jugadores, que en movimiento de tenazas ya los tengo a 7 metros. Un claro grito se hace escuchar:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡¡¡Seeeeeeehhh!!!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Cruzando mitad de cancha está Labruna solo, haciendo la diagonal de wing derecho hacia el centro, y sin rivales a sortear más que enfrentar a un arquero que estaba sentado con la cara al sol y las piernas estiradas. Mi otra opción era tirar un pelotazo al vacío de la izquierda, la cual descarté inmediatamente porque no me da la fuerza para que ese pelotazo tenga destino seguro. Y por otro lado, no tenía ni idea de si había alguno nuestro en esa zona.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Dudé mucho. A la pelota le quedaba aún el último pique del despeje, y eso me convenció. Me aseguré de calzar bien el empeine cuando la pelota estaba aún en el aire, para así lograr un pase derecho y en dirección a Labruna, y por arriba de los dos que se me venían.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Las puteadas fueron instantáneas. Me dijeron que me había cagado y que tendría que haber seguido y gambeteado a los dos... como si acaso tuviese esa habilidad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;¡Por supuesto que me había cagado! Venían dos tipos de frente a matarme, y es justo decir que me saqué la pelota de encima. Para mí la cosa se trataba en verdad o de tirarla al vacío, o hacia el delantero sin marca que corría hacia el arco, por más que se tratase de Labruna.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La pelota pasó la marca. Siguió su rumbo, en profundidad.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Y sólo quedó ver al viejo corriendo detrás de la pelota (que también lo había dejado atrás), y al arquero que ahora se incorporaba como podía y salía desesperado al cruce para achicar el tiro.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Labruna llegó antes, no levantó la cabeza, ni vio al arquero. Tampoco esperó a que llegue nuestro nueve por el centro, que corría un par de metros detrás de él a los gritos habiendo dejado atrás a su marca, y que en cualquier momento iba a estar a la par, listo para empujar la pelota al arco en un dos contra uno ventajoso.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Al viejo no le importó esa ventaja. Había tomado la decisión desde que hizo oír su afónico grito. Labruna metió un zapatazo de derecha, cruzado, alto y fuerte. Fuertísimo. El arquero (que estaba llevando su cuerpo hacia el piso para frenar la embestida con el pecho) no esperaba el tiro alto que lo pasó sin resistencia.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La pelota se clavó en el ángulo. Fue un golazo.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo gritamos como locos. Abrazos de un lado, miradas escépticas del otro.
Alguno de los que me había puteado me alzó para festejar la (ahora fenomenal) asistencia. Otros empezaron a elogiar no sé bien qué, porque en verdad me quité la pelota de encima.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El viejo no gritó el gol. No miró para atrás ni se abrazó con nadie. Sólo siguió trotando, hacia la esquina de Avenida Brasil y Combate de los Pozos.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Se iba como vino, de impecable conjunto de gimnasia rojo, con la bufanda metida por debajo del cierre de la campera.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Se fue. Y nunca más volvió.&lt;/p&gt;


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            Este texto se publica bajo licencia
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    <title><![CDATA[Un tipo del Carajo]]></title>
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    <pubDate>2015-06-16T20:12:54Z</pubDate>

    <author>info@nicolasflores.com.ar (Nicolás Flores)</author>
    <dc:creator>Nicolás Flores</dc:creator>

    <description><![CDATA[
      A veces hay que confiar en un pibe de un metro que pide la pelota a la cabeza
    ]]></description>

    

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      <article>
        <header>
          <h1>Un tipo del Carajo</h1>
          <p><em>Por Nicolás Flores</em></p>
          <p>
            Publicado el 16 de junio de 2015
          </p>
        </header>

        &lt;p&gt;Tenía más o menos diez años cuando conocí a Roberto, en una quinta. Ese día fuimos a la reunión anual de exalumnos de mi madre, cuya invitación se extendía a maridos, parejas, hijos y afines. Reuniones en las que no faltaban el asado, vino, las historias de décadas turbulentas de nuestro país y algunas otras no tanto. Esa mañana el clima no había ayudado y, por la tardecita, todavía quedaban sectores húmedos. Pero el agua no iba a impedir que Roberto organizara un partido entre los chicos, que teníamos entre ocho a doce años, y que nos comportábamos con la timidez natural de ser anónimos entre nosotros.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Él formó parte de uno de los equipos improvisados y sumó también a algún otro padre que pasaba cerca y que jamás hubiera podido decirle que no a una invitación directa de Roberto. Está claro, además, que la presencia de “un adulto” jugando con los chicos vuelve menos vergonzosa, para otros adultos, la idea de sumarse.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo primero que le dije a Roberto, que estaba en mi equipo, fue con señas. Fue al comienzo del partido: la pelota se había ido contra un canterito por el costado derecho y, tomándola con la mano (antes de que se estropearan las plantas de la dueña de casa) dijo:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— bueno, hasta acá sería la cancha, se fue al lateral&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Lo que siguió fue mi metro y poco de altura (siempre fui chiquito) picando en diagonal desde la izquierda hacia el centro, pasando de volante izquierdo a posición de nueve, con el clásico gesto de la mano derecha golpeando suave y rápido la cabeza, los ojos bien abiertos, dejando claro el mensaje: “sí, tirámela a la cabeza”.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Mientras aún resonaba la palabra “lateral…”, abrió los ojos bien grandes, en un gesto cómplice de “¡a estos putos los dormimos en esta!”, y lanzó el balón con precisión. Testazo con el parietal izquierdo hacia el centro del arco, apenas desviado a la derecha, y el alarido de Roberto:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡GOOOOLLLAAAAZZZO!&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El tipo era así: alguien capaz de mezclarse con chicos sin perder el espíritu noble del deportista que quiere ver al rival derrotado por una genialidad. Nadie se quejó del lateral nunca marcado ni de la rápida puesta en juego. Se quedaron mirándose entre ellos, pensando de dónde había salido ese enano y cómo había hecho para cabecear.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Roberto te convencía de que era uno más, de que su presencia no hacía diferencia y de que nos divertíamos porque nosotros estábamos jugando. Hoy los recuerdos son un poco borrosos, pero estoy casi seguro de que cuando él dejó el partido —quizás porque sus amigos lo reclamaban para hablar de cosas de grandes o de cómo lo estaba tratando la vida—, a los pocos minutos los chicos ya estábamos jugando a otra cosa y corriendo por ahí.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Nos volvimos a cruzar un verano, esta vez en la playa de Santa Teresita. Yo ya tenía doce años y Andrés, su hijo, unos nueve o diez. Nos encontrábamos por las tardes, cuando el sol empezaba a caer, y jugábamos a la pelota mientras algunos volvían a sus casas, otros se ponían un abrigo livianito y extienden un mate de termos interminables, y unos pocos refinaban el arte de la pesca desde la costa.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Ese mismo verano también coincidió en la playa mi tío Víctor, profe y jugador de potrero. Un cartel invitaba a un torneo de fútbol playa y “Los Grillitos” fue uno de los primeros equipos en anotarse. En la lista estaban mi viejo, mi hermano, mi tío, Roberto y dos chicos: uno de diez años y otro de doce.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;“Los Grillitos” se presentó, pero nunca pudo salir a la cancha, a pesar de las amenazas que tanto mi tío como Roberto vociferaban.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— Con estos dos pibes, ¿sabés cómo los bailamos a todos? — decían.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;La realidad es que con Roberto los bailábamos a todos, porque el tipo era un jugador del carajo: habilidoso, fuerte y criterioso. Tener a dos pibes de delanteros para empujar la pelota que los demás se encargarían de darnos es algo que hoy recuerdo con una sonrisa. Y me doy cuenta de que era una locura.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;El lunes pasado me enteré de que el corazón de Roberto decidió que ya había dado todo. Todos los que lo conocimos sabemos que se fue antes de tiempo, y no solo por su juventud o por cómo jugaba a la pelota, sino porque hacen falta tipos que, con dos palabras, pongan de acuerdo a un grupo para hacer algo divertido y sano. Porque se necesitan de estos tipos, que confíen y transmitan seguridad, incluso cuando uno es un pibe de un metro que pide la pelota a la cabeza.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Igualmente creo que se quedó cerca. Porque hoy, en el fútbol de los miércoles, arranqué desde mitad de cancha por el lateral izquierdo, esquivé la embestida del primer rival, encaré al defensor, amagando ir hacia el centro, escapé otra vez por el costado, enfilé definitivamente hacia el arco y, ante la salida dubitativa del arquero, con una pisada con el pie derecho hacia la meta lo dejé caído y sin alcance. Solo restó empujar la pelota a la red.&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;Te juro que entre los aplausos de propios y rivales, escuché un:&lt;/p&gt;
&lt;p&gt;— ¡GOOOOLLLAAAAZZZO!&lt;/p&gt;


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