Uno creería que la respuesta a esta pregunta debe ser automática. Y si acaso uno de tus goles valió un campeonato, salvó de un descenso o definió un clásico, no se puede elegir otro. En mi caso, no hice ninguna de esas cosas.
Cuando me hicieron esta pregunta hace unos años me quedé mudo, con la mente en blanco. Jamás se me ocurrió pensar en eso, y si no fuese porque un amigo respondió por mí, aún estaría haciendo memoria.
Me encontraba en casa un mediodía luego del colegio, cuando recibí la invitación a jugar un partido en el que además de mi presencia se requería conseguir a dos jugadores más. Fue la única vez en la vida que conseguí a dos amigos para sumarse con tan poca anticipación, ya que el partido empezaba en las próximas 3 o 4 horas.
Esa tarde fuimos a las canchas de Federación Caballito, en Avenida La Plata y autopista, y en ese 5 contra 5 se me presentó una oportunidad de hacer valer el pequeño talle de mi pie para trabar con firmeza el balón, quedando reposado sobre mi pie mientras el rival, perplejo, siguió de largo.
Con pelota dominada en la medialuna de nuestro área, arranco porque otra opción no tengo y quiero evitar que se recupere a quien le quite la pelota. Un primer rival sale al corte rápidamente, con su pie izquierdo ya intentando cortar el pase a mi amigo (sí, el testigo) que está de 8. Está regalado: empujé la pelota adelante, tirando el caño. Ojo que no estuvo mal lo que pensó, si hacía el pase el flaco anticipaba, y quedaba a tiro de gol.
Al que está de 5 no le gustó una mierda que haya recuperado una pelota y tirado un caño casi en la misma jugada. Viene decidido a cruzarme fuerte, quiere llevarse pierna y pelota. Mi cuerpo amagó con irse de wing derecho, y como Houseman puntee el balón un poquito hacia adelante, enganchando rápido hacia la izquierda.
— ¡¡¡uuuhhh!!!
Este caño fue hermoso.
Me quedó un poco larga, pero estoy en velocidad y en ventaja de posición. Mientras corrijo el trayecto hacia adelante, no pude evitar la sonrisa de satisfacción, mas no de burla.
Cruzando mitad de cancha volcado hacia la izquierda, debido a mi enganche largo, quedan un defensor y el arquero. Al ser diestro voy a necesitar perfilarme para tirar al arco. Todo este tiempo mi amigo siguió corriendo por derecha, siendo por lejos la opción más segura para que esto termine en gol.
El último hombre es corpulento, es defensor de oficio, sabe cortar pases y juega bien. Lo sé de primera mano porque hasta ahora nunca lo pasé. Y vio que hice dos caños seguidos, sabe que es el último bastión de la defensa, y que hasta ahora no fui alguien de quien él deba preocuparse. Está claro cómo debe seguir la jugada.
Y creeme que iba a hacer eso, tirar el pase y buscar la devolución. Pero ¿sabés qué pasó? Este flaco vino hacia mí sonriendo. ¿Entendés? El chavón estaba tan seguro de lo que yo tenía que hacer, que ya se estaba burlando. ¿Me animaré a tirarle un caño?
Con mi pie derecho encaminado para dar el pase de cara externa hacia mi amigo, la empujo para adelante y que pase. Otro caño.
Mano a mano con el arquero. Convengamos que no es arquero, es el que ataja. Tres caños seguidos, corriendo desde nuestro área hasta tres cuartos de cancha. Solo pienso en que esta jugada tiene que terminar en gol, y me aborda la duda de en cómo voy a definir: ¿trato de asegurar pegándole fuerte? ¿Y si intento desparramar al que ataja? ¿O mejor a colocar al segundo palo? ¿O que también sea de caño?
Mi amigo ya ni me la pide: me reclama que lo haga.
El que ataja está asustado, y sale torpemente, dubitativo, dando un paso adelante y otro atrás. Estando totalmente perfilado, sé que el caño puede verse ya insultante de mi parte, aunque de todos los rivales este es el más fácil para lograrlo. Y en ese momento, fue instinto. Le di un puntinazo horrible, rasante, al medio del arco. Al que ataja lo traicionó su inconsciente, que lo convenció de que él era la mejor víctima al cual tirarle un caño, y en cuanto se dió cuenta que le pegué a la pelota reaccionó cerrando las piernas, en un acto reflejo inverso. El mejor gol de mi vida fue carente de cualquier clase o estética en la definición, pero hermoso en la creación de la jugada.
Es curioso cómo toda esta jugada improvisada debió haber quedado en el olvido si no fuese por esa pregunta que alguna vez alguien me hizo, y que para mí fortuna un testigo del hecho se encontraba a mi lado para traerla a mi memoria, y ahora si, ser recordada por siempre para mi vanidad.
Sólo queda preguntarse ¿cuántos golazos se ha perdido el mundo al no quedar registrados, ya no siquiera en video, sino en la memoria de su autor?