Lo mío fue excesivo, me hago cargo de eso. Pero ¿sabés qué? no me arrepiento ni un poco. Nunca nos volvimos a ver, y sin embargo sigo convencido de que hice lo correcto. Algunos, incluso, me lo agradecieron en silencio.
Admito que me dejé llevar por la calentura del partido. Pero peor estuvieron ellos, eh. Porque cuando cuentan los hechos así nomás, yo quedo como un tremendo hijo de puta. Y no fue tan simple.
Hagamos así: te cuento todo, no voy a omitir detalle. Vos juzgás. Aceptaré cualquier castigo, respondo por lo que hice. Pasaron veinte años, pero vos decidís: si prescribe o no.
Lugar y hora: playa de Villa Gesell, cuando empieza a caer el sol. Pibes entre 18 y 20 años arman un picado 9 contra 9. Ya sabés cómo es: amigos de a tres, de a dos, y algún solitario.
En mi equipo quedó uno de esos. De los que intentan ganarse el lugar a mala gambeta. En dos jugadas ya era el morfón.
Y yo, desde el arranque, estaba recaliente.
El primer ataque vino por la izquierda. Pelota larga, rechazo corto. Y el morfón ya iba decidido a quedársela. La pelota quedó viva en tres cuartos, girando sobre sí misma, casi sin moverse, como un trompo después de un cabezazo defectuoso. Mi grito lo pueden confirmar los presentes de toda la playa.
— ¡DEJÁÁÁ!
Yo estaba pegado a la orilla del mar, de frente al arco, ¿Me entendés? Si corro y le pego sale en diagonal directo al arco. Sin rivales cerca lo único que puede detenerme es el morfón, que giró en búsqueda del balón.
Y esto que te confieso ahora es el quid de la cuestión, porque es por lo que se juzga la magnitud del acto y sus consecuencias: nunca dudé en hacer lo que hice.
Y corrí a la pelota.
Mirá si no habré alzado la voz, si no habré salpicado con saliva con mi grito, mirá si no habré tenido los ojos fuera de órbita. Por un instante medí 2 metros.
El morfón se hizo a un costado.
Fue la pegada más violenta de mi vida. Los defensores no se corrieron: se escaparon. Y ojo que en este caso agrandar la proeza no me enaltece, me condena.
Fue un cañonazo directo al segundo palo del arco. Quise pegarle lo más fuerte y rasante posible, esto era lo más dificil. Y qué querés que te diga, fue perfecto.
Porque el tiro tenía destino: el pibe de ocho o nueve años que estaba en el arco.
¡¿Cómo le vas a pegar así, animal, no ves que hay un nene?! Eso lo pensaron todos, aunque nadie lo dijo, no hizo falta.
Y sí, es verdá, había un nene y lo mío fue criminal.
Porque yo también tuve esa edad cuando me empezé a colar en los picaditos de los grandes. Me dejaron jugar, pero no me mandaban al arco, jamás. Me mandaban arriba.
¿Entendés ahora por qué estaba recaliente? Hay que ser muy hijo de puta para poner a un pibe en el arco de un partido de grandes. Esa no es manera.
Yo no rompí ningún código. Lo rompieron ellos. Lo dejaron solito entre los palos, ni siquiera tuvieron los huevos de parar el pelotazo.
Obvio que fue gol, el pibe ni puso las manos. Lo grité para que no queden dudas de que había que cobrarlo. Hasta mis amigos me miraron de reojo. El pibe miró al resto del equipo, murmuró algo, y salió del arco.
Lo mio fue excesivo, pero fue docencia.