Sólo siendo Argentino, o conociendo su idiosincrasia, se podrán entender las siguientes líneas.
Elegilo del 1 al 11, y pensalo bien porque va a ser para tu camiseta de acá hasta siempre. Pero no te confundas, que la camiseta no es la del equipo del que sos hincha, fanático o simpatizante. Es TU camiseta, la que te vas a poner en cualquier partido con amigos y desconocidos, en un potrero, una quinta, una canchita de 5, en la playa o en un campo. Entendiste la idea. Es una camiseta sin escudos, ni logos de patrocinadores que la identifiquen con una década o una era. Puede tener los colores y el diseño de tu club, pero te representa a vos. Y lo más importante: si lleva nombre o apodo en la espalda, será el tuyo y no el de alguien más. Si es que querés diseñarla con nombre.
Con esto en claro, volvamos a la premisa inicial: elegí el número de tu camiseta, del 1 al 11. Eduardo Sacheri decía que si alguien entra con la 85, alguien preguntará “¿de qué juega el 85?” y otro responderá “de 9”, para un futbolero el resto de los números no tienen significado. Puedo entender y aceptar como excepción el 14, por ser la casaca que el Cholo Simeone llevó en su espalda por 106 partidos en la Selección Argentina, y que luego se calzó Javier Mascherano por otros 147, transmitiendo la misma impronta, valores y fútbol que representó el Cholo dentro del campo de juego.
Si sos arquero, tu número es el 1. No me vengan con boludeces de usar el 12, porque hasta los que defendieron un arco profesional con el 12 en la espalda siendo niños soñaron con un relator gritando “¡¡¡EL UUUNOOO!!!” ante una atajada, no jodamos.
Si sos defensor en serio, vas a elegir el 2 o el 6, dependiendo sobre qué perfil te sientas más cómodo jugando, o a modo de homenaje a un ídolo de infancia. Si sos goleador, jugás con la 9. Pero para el resto de las posiciones, solo hay una única elección posible: el 10.
Todos estamos obligados a elegir ese número, aunque a alguno le dé vergüenza. Porque yo he sentido vergüenza al desear tener el diez en la espalda, creyendo que es un número que hay que ganárselo, o que incluso hasta debe ser asignado por los demás, casi como un reconocimiento a la trayectoria. ¡Qué equivocado he vivido! ¿Hacía falta que ya no esté para entender el verdadero significado de ese número en la espalda?
El 10 es históricamente el número que lleva el enganche, el creativo, el armador. ¿Qué espera uno del 10? Que destrabe un partido, con una asistencia al 9 para dejarlo mano a mano contra el arquero, o una gambeta para escapar a la marca y pegarle de lejos al arco, quizás convirtiendo un tiro libre al ángulo. Poesía, si se me permite la metáfora. El 10 es el distinto, el mejor jugador. Pero no nos engañemos, porque eso está muy bien para los futboleros del resto del mundo, nosotros esperamos algo más. Así, con esas palabras, "algo más".
Esperamos que si acaso acaba de sumarse a un picadito alguien con la 10, en la primera pelota que reciba tire un caño. Imaginamos que arrastrará a varios rivales en la cancha, logrando que gente de los alrededores se acerque para maravillarse con lo próximo que va a hacer. Queremos que ponga de rodillas al mejor arquero que exista, despatarrarlo al punto de hacerlo ver casi como un principiante, para luego empujar la pelota suave a la red. Deseamos que haga posible lo que nosotros sabemos imposible, y que lo haga en el mejor momento y escenario que exista... porque no todo es lo mismo.
No es lo mismo ganarle un partido a Inglaterra en un partido amistoso a hacerlo en un Mundial, ni da igual que el Mundial sea Francia 1998 a que sea México 1986. Porque es obvio que un partido de fútbol no es una guerra, pero es ingenuo pensar que los argentinos y los jugadores no lo vivieron de esa manera (aunque para los micrófonos hayan dicho otra cosa). Porque aquellos que por su talento integraban la Selección de fútbol de Argentina formaban parte de un país que se vio involucrado en una guerra absurda producto de una dictadura, y portaban en ese momento la edad que sus compatriotas fallecidos tendrían de haber sobrevivido. Quizás para los ingleses era un partido de un Mundial, y tal vez por eso perdieron. No da igual hacerle un gol con la mano a un tramposo, como podemos decir sin vergüenza que es un mote que le cabe a un inglés. No se parece en nada el gambetear a cuanta pierna inglesa se cruce durante 10 segundos en el mediodía veraniego del estadio Azteca, por los cuartos de final de un Mundial, a esquivar a cuanta pierna española se cruce durante 12 segundos en la noche primaveral del estadio Camp Nou, por la primera semifinal de la Copa del Rey.
Cuando te empatan un partido que ganabas 2 a 0, toda nuestra esperanza va a ir al 10, esperando una vez más que haga algo por nosotros, como filtrar un pase entre dos rivales y con dos tipos encima para dejar mano a mano a un delantero frente al arquero, a 5 minutos del final.
Del 10 esperamos que deje todo en la cancha, magia y cuerpo, como en el pase a Caniggia contra Brasil en Italia 1990, con un tobillo más hinchado que una pelota, con alguien que se infiltró a sí mismo, pero así y todo dejando atrás a 4 rivales y entregando un pase a aquél que corre como el viento para que haga el gol en la victoria más injusta de la que uno ha sido testigo.
Somos un país definido por antagonías, fragmentado en los temas más diversos. No nos ha unido la política, ni la religión, ni el arte. Duele admitirlo, pero lo que une a una comunidad no es el argumento sino el rito; no es lo racional-discursivo sino lo emocional, lo simbólico, lo corporal. El mito. Lo que sentimos todos al mismo tiempo. Y Maradona nos dio alegrías y tristezas.
Diego siempre tomó partido por el que tenía menos, por sus propios orígenes. Enfrentó a quienes miraban y juzgaban desde arriba, y los hizo caer donde mejor sabía hacerlo: en la cancha. Ellos solo podían intentarlo desde los escritorios. Hemos sido felices con sus logros y hemos llorado con sus derrotas deportivas. En sus peleas vimos las nuestras, porque para hacerlo basta con ser argentino y amar el fútbol.
Maradona nos enseñó que el que lleva la 10 va a dar todo de sí para dar vuelta cualquier adversidad. Fue lo que supo hacer, dedicó su vida a ello, fue su profesión. Hizo lo que enumeré en estos párrafos, lo que tantos otros pueden enumerar mejor, lo que tantos artistas reflejan en cuentos o canciones.
Por eso, cada vez que jugamos a la pelota, tenemos que llevar la 10. Porque no importa si no somos los más talentosos ni si no podemos abrir un partido cerrado. Se trata de que el 10 se hace cargo. Antes que magia, es responsabilidad. Es pedirla. No esconderse. ¿Y qué si no te sale?
De ahora en más, voy a jugar siempre con la 10 en la espalda. Esperen entrega. Donde el partido me lleve.