El fútbol como hilo conductor.

Elegí un número

Sólo siendo Argentino, o conociendo su idiosincrasia, se podrán entender las siguientes líneas.

Elegilo del 1 al 11, y pensalo bien porque va a ser para tu camiseta de acá hasta siempre. Pero no te confundas, que la camiseta no es la del equipo del que sos hincha, fanático o simpatizante. Es TU camiseta, la que te vas a poner en cualquier partido con amigos y desconocidos, en un potrero, una quinta, una canchita de 5, en la playa o en un campo. Entendiste la idea. Es una camiseta sin escudos, ni logos de patrocinadores que hacen que una camiseta se identifique con una década o era. Puede ser con los colores y diseño de tu club, pero te representa a vos. Y lo más importante de todo, no va a tener nombre, apellido o apodo que no sean los propios, si es que te gusta eso en tu camiseta, es a tu gusto.

Con esto en claro, volvamos a la premisa inicial: elegí el número de tu camiseta, del 1 al 11. Eduardo Sacheri explicó en "Jugar de 85" (revista El Gráfico, mayo 2013) que para un futbolero el resto de los números no tienen significado. Para quien no conozca la referencia, Sacheri reflexiona en que si un jugador entra a la cancha con un número cualquiera, supongamos el 85, alguien en la tribuna preguntará "¿de qué juega el 85?", otro sabrá responderle "juega de 9" y todos sabrán entonces que es delantero de área. Puedo entender y aceptar una excepción, el 14, por ser la casaca que el Cholo Simeone llevó en su espalda por 106 partidos en la Selección Argentina, y que luego se calzó Javier Mascherano por otros 147, transmitiendo la misma impronta, valores y fútbol que representó el Cholo dentro del campo de juego.

Si sos arquero, tu número es el 1. No me vengan con boludeces de usar el 12, porque hasta los que defendieron un arco profesional con el 12 en la espalda siendo niños soñaron con un relator gritando “¡¡¡EL UUUNOOO!!!” ante una atajada, no jodamos.

Si sos defensor en serio, vas a elegir el 2 o el 6, dependiendo sobre qué perfil te sientas más cómodo jugando, o a modo de homenaje a un ídolo de infancia. Si sos goleador, jugás con la 9. Pero para el resto de las posiciones, solo hay una única elección posible: el 10.

Todos estamos obligados a elegir ese número, aunque a alguno le dé vergüenza. Porque yo he sentido vergüenza al desear tener el diez en la espalda, creyendo que es un número que hay que ganárselo, o que incluso hasta debe ser asignado por los demás, casi como un reconocimiento a la trayectoria. ¡Qué equivocado he vivido! ¿Hacía falta que ya no esté para entender el verdadero significado de ese número en la espalda?

El 10 es históricamente el número que lleva el enganche, el creativo, el armador. ¿Qué espera uno del 10? Que destrabe un partido, con una asistencia al 9 para dejarlo mano a mano contra el arquero, o una gambeta para escapar a la marca y pegarle de lejos al arco, quizás convirtiendo un tiro libre al ángulo. Poesía, si se me permite la metáfora. El 10 es el distinto, el mejor jugador. Pero no nos engañemos, porque eso está muy bien para los futboleros del resto del mundo, nosotros esperamos algo más. Así, con esas palabras, "algo más".

Esperamos que si acaso acaba de sumarse a un picadito alguien con la 10, en la primera pelota que reciba tire un caño. Imaginamos que arrastrará a varios rivales en la cancha, logrando que gente de los alrededores se acerque para maravillarse con lo próximo que va a hacer. Queremos que ponga de rodillas al mejor arquero que exista, despatarrarlo al punto de hacerlo ver casi como un principiante, para luego empujar la pelota suave a la red. Deseamos que haga posible lo que nosotros sabemos imposible, y que lo haga en el mejor momento y escenario que exista... porque no todo es lo mismo.

No es lo mismo ganarle un partido a Inglaterra en un partido amistoso a hacerlo en un Mundial, ni da igual que el Mundial sea Francia 1998 a que sea México 1986. Porque es obvio que un partido de fútbol no es una guerra, pero es ingenuo pensar que los argentinos y los jugadores no lo vivieron de esa manera (aunque para los micrófonos hayan dicho otra cosa). Porque aquellos que por su talento integraban la Selección de fútbol de Argentina formaban parte de un país que se vió involucrado en una guerra absurda producto de una dictadura (aunque con derechos legítimos), y portaban en ese momento la edad que sus compatriotas fallecidos tendrían de haber sobrevivido. Quizás para los ingleses era un partido de un Mundial, y tal vez por eso perdieron. No da igual hacerle un gol con la mano a un tramposo, como podemos decir sin vergüenza que es un mote que le cabe a un inglés. No se parece en nada el gambetear a cuanta pierna inglesa se cruce durante 10 segundos en el mediodía veraniego del estadio Azteca, por los cuartos de final de un Mundial, a esquivar a cuanta pierna española se cruce durante 12 segundos en la noche primaveral del estadio Camp Nou, por la primera semifinal de la Copa del Rey.

Cuando te empatan un partido que ganabas 2 a 0, toda nuestra esperanza va a ir al 10, esperando una vez más que haga algo por nosotros, como filtrar un pase entre dos rivales y con dos tipos encima para dejar mano a mano a un delantero frente al arquero, a 5 minutos del final.

Del 10 esperamos que deje todo en la cancha, magia y cuerpo, como en el pase a Caniggia contra Brasil en Italia 1990, con un tobillo más hinchado que una pelota, con alguien que se infiltró a sí mismo, pero así y todo dejando atrás a 4 rivales y entregando un pase a aquél que corre como el viento para que haga el gol en la victoria más injusta de la que uno ha sido testigo.

Un país como el nuestro definido por antagonías, tan fraccionado a lo largo de su historia en los temas más diversos, lo que nos ha unido no ha sido la política, la religión o el arte en alguna de sus expresiones. Somos más rudimentarios, algunos dirán brutos y quizás tengan razón, tampoco interesa. Lo que nos ha conectado es el fútbol. Y Maradona nos ha dado con su fútbol alegrías y tristezas.

Diego siempre ha tomado partido por el que menos oportunidades tiene, por sus propios orígenes. Enfrentó dentro y fuera de la cancha a quienes miran y juzgan desde arriba, y los hizo caer dentro de la cancha. Y ellos hicieron cuanto pudieron fuera de la cancha para hacerlo caer a él. Hemos sido felices con sus logros y hemos llorado con sus derrotas deportivas. Nos hemos identificado con sus peleas, porque para hacerlo basta con ser argentino y que te guste el fútbol, requisito sine qua non.

Maradona nos enseñó que el que lleva la 10 va a dar todo de sí en la cancha para dar vuelta cualquier adversidad. Fue lo que supo hacer, dedicó su vida a ello, fue su profesión. Hizo lo que enumeré en estos párrafos, lo que tantos otros pueden enumerar mejor, lo que tantos artistas reflejan en cuentos o canciones.

Y es por eso, porque el 10 da todo de sí, que estamos obligados a tener el mismo compromiso cuando entramos a una cancha de fútbol. Ya no nos tiene que importar que nosotros no seamos los más talentosos, o que no seamos capaces de abrir un partido cerrado. Sabemos nuestras limitaciones, no estoy pidiendo que intentemos el gol de todos los tiempos en cada pelota que recibamos. Estoy pidiendo lo que estoy seguro no hemos hecho siempre: dejarlo todo. Porque para nosotros el 10 lo da todo. ¿Acaso no debemos hacer lo mismo nosotros? Esa responsabilidad, como argentinos futboleros, no podemos ignorarla. Por eso, de ahora en más, yo voy a jugar siempre con la 10 en la espalda. De mí no esperen magia, esperen entrega en cualquier lugar de la cancha a donde el partido me lleve. Es la única forma que se me ocurre de hacer un homenaje honesto cada vez que me toque en suerte jugar un partido de fútbol.

Por , .

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