El fútbol como hilo conductor.

Confianza

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Partamos de la base de que a Pepe nunca me lo banqué. Es cuestión de piel. No hace falta discutir política ni filosofía para darse cuenta: hay tipos que uno prefiere tener lejos.

Lo conocí primero en una cancha de fútbol. En el laburo yo era más bien ermitaño, y apenas registraba a los nuevos. Pepe, en cambio, a los pocos días ya estaba sumado al fútbol semanal.

Los equipos ya estaban armados, eran siempre más o menos los mismos de un lado y del otro, y por suerte llevábamos remeras de colores opuestos.

Pepe era pescador. Vivía al acecho en el área, esperando que alguna le quedara. Y, hay que admitirlo, tenía lo que todo delantero necesita: confianza.

Festejaba cada gol como si acabara de inventar el fútbol. Brazos abiertos, grito al cielo, vuelta entera aunque fuera un empujón en el segundo palo.

Al día siguiente, en la oficina las jugadas crecían. El empujón se volvía definición de crack. Las contaba de pie, apoyado en un escritorio ajeno, con la voz apenas más alta de lo necesario, mirando alrededor para asegurarse público, y siempre encontraba a alguien dispuesto a escucharlo. O al menos a no interrumpirlo, que para Pepe era lo mismo. No sé si quería impresionar a alguien en particular. Creo que le alcanzaba con verse a sí mismo mientras hablaba.

Ya nos habíamos cruzado un par de veces cuando una noche apareció Rodri. Nunca había coincidido conmigo en cancha.

Mientras entrábamos en calor y terminaban de conformar los equipos, escuché a Pepe decir que Rodri era un muerto, que no lo quería en su equipo. Lo dijo sin bajar la voz.

La cólera se apoderó de mí, e hice lo que cualquier amigo y jugador de fútbol haría en mi lugar. Fui rápido con Rodri, y le dije:

— Che, ni se te ocurra ponerte otra remera, vos hoy jugas con la negra en mi equipo, decí que no trajiste otra si te quieren cambiar, ¿ok?

— ¡Dale!

Supongo que Rodri creyó que lo hacía por amistad, que mi única intención era compartir equipo con él.

Alguna vez Alejandro Dolina dijo que en el fútbol es mejor perder con amigos que triunfar con desconocidos. Siempre estuve de acuerdo con eso.

Pero esa noche yo quería ganar con un amigo.

Lo que Pepe no sabía —aunque se sentaran a pocos metros en la oficina— era que Rodri no veía bien. Tenía que operarse. De lejos la pelota se le borroneaba, y ni te cuento con esas luces a medias que ponen en la cancha.

Y yo creo que Pepe intuía que Rodri tampoco se lo bancaba.

Con Rodri confirmado para los negros, faltaba ordenar algo mínimo:

— ¿De qué jugás? ¿lateral derecho?

— Ponele. No soy muy bueno, hago lo que me sale.

— Escuchá. Yo voy a estar en el medio y por derecha, vos jugá de lateral. Cuando marques, seguila hasta el final sin miedo. Yo voy a estar cerca. Cuando la recuperás me la das. Y cuando tengas aire, mandáte. Si puedo, te la pongo para que tires el centro... o para que definas vos.

No voy a olvidar la sonrisa de Rodri. Por primera vez en mucho tiempo alguien contaba con él para ganar un partido.

Me había movido una bronca oscura, es cierto. Pero la idea era simple: si yo jugaba a su lado, no tenía que mirar demasiado lejos. Alcanzaba con dármela a mí. Después, si subía, yo iba a devolvérsela

El partido empezó y Rodri tocó su primera pelota a los pocos minutos. Corte firme en el lateral y pase corto para mí. Salimos jugando.

Después volvió a anticipar, esta vez yendo al piso. Me la dio rápido, giré y filtré para el nueve. Definición cruzada, gol.

Empezamos a repetirlo. Recuperaba él, descargaba en mí, avanzábamos. En una salida se animó a seguir la jugada y arrastró la marca, dejándome espacio. En otra buscó la pared y llegó antes que el lateral para tirar un centro que casi encuentra destino.

Ya no era casualidad. Era alevoso.

Los blancos dejaron de atacar por su lado. Rodri se había quedado con el lateral.

En una salgo yo con la pelota y, antes de enganchar hacia adentro, lo veo picar por la banda. Se la pongo larga y voy detrás, porque sé que van a barrerlo. No hizo falta que la devuelva.

En un movimiento corto pasó la pelota de un pie al otro y dejó pagando al lateral. Levantó la cabeza. Le pegó fuerte.

Se fue apenas afuera, haciendo sapito. Nos quedamos un segundo en silencio. Lo había tenido.

Rodri sabía lo que tenía que hacer en la cancha. Y esa noche también creía que podía hacerlo. Yo le di un empujoncito.

La sonrisa a Rodri le apareció antes de que empezara el partido y le duró varios días después.

La mía llegó cuando escuché a Pepe gritar desde el otro lado:

—¡Este hijo de puta está jugando el partido de su vida! ¡No jugó así la otra vez!

Y todavía me dura.


Por , .

Licencia Creative Commons "Confianza" por Nicolás Flores se distribuye bajo una Licencia Creative Commons Atribución 4.0 Internacional, en ContraATAQUE.

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