El fútbol como hilo conductor.

Revolución

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Los penetrantes ojos azabache de la Seño recorrieron la humanidad de los presentes, uno por uno. Era nueva, su primer año en la escuela, y nosotros los veteranos. Eso decía nuestro bien ganado 7° grado A, y éramos unos cuantos los que transitábamos nuestro noveno año en el establecimiento, por haber estado desde jardín, o salita de cuatro años.

La Seño se paró en la puerta del aula:

— Todos los caballeros, entren. Las señoritas se quedan acá afuera, sin que las oiga hacer ruido. En el resto de las aulas pronto van a estar en clase y ahora tengo que hablar sólo con los varones.

Ese fue el cierre del primer recreo del segundo día de clases de aquel último año de escuela primaria. Los varones entramos sabiendo que lo que venía a continuación era un reto importante, quizás hasta con sanción disciplinaria (de una época en la que podían echarte de la escuela, aunque siempre hubo mitos de que a los de séptimo no podían expulsarlos).

— A ver, necesito que me expliquen, porque es difícil de entender. Ustedes son grandes como para haber hecho lo que hicieron, y de esa forma…

A partir de ese año, en séptimo ya no nos sentábamos en pupitres individuales. Estos se disponían conformando mesas grandes de trabajo en equipo, seis en total, mezclando varones y mujeres en un orden entre aleatorio e impuesto, para generar diversidad en cuanto a mérito académico y género, procurando ocupar el mayor espacio posible dentro del aula. Esta distribución permitía “romper” con los grupos de amistad preestablecidos por llevar ya siete años en la escuela, y algunos de nosotros nueve.

La fulminante mirada recorría uno a uno los grupos, y uno por uno los ojos de quienes se atrevían a sostenerla.

— … ignoraron una orden por demás clara, y de una manera que pocas veces he visto, y me sorprende por lo que conocí ayer de ustedes...


Cinco minutos antes, estábamos sentados en ronda en el pasillo, jugando un partido de Truco. Se jugaba de a seis, aun cuando muchos de nosotros nunca lo habíamos hecho de esa forma, y ambos equipos estaban en las malas cuando la Seño se acercó:

— ¿Quién les dio permiso para jugar a las cartas?

La mirada entre los participantes de la ronda fue de incredulidad. Seguros de que se trataba de un chiste, notamos que el semblante de la Seño se volvió más serio de lo normal. Sin animarnos a responder, guardamos las cartas mirando el piso y deshicimos el círculo.


— … me gustaría darles la oportunidad de que se expliquen, porque me han hablado muy bien de este grupo y no quisiera apresurarme al elevar una sanción disciplinaria.

Una mano en alto pidió la palabra:

— Lo escucho.

— Gracias. Antes que nada, me gustaría que quede claro que siempre supimos que lo que hacíamos no era correcto. Pero me gustaría que se ponga por un momento en nuestro lugar. Ayer, en el recreo, se nos prohibió jugar a la pelota. Usted dejó en claro los motivos de esa decisión, recomendada por la Dirección. Nos explicó que la causa era porque otros grados, más chicos que nosotros, nos habían copiado y jugaban también a la pelota, pero a diferencia de nosotros, que de alguna manera fuimos quienes impusimos el juego en el pasillo con una pelota de papel, armada así como lo hacemos, para que no rompa vidrios, ellos se habían animado a traer pelotas de tenis, o incluso las nuevas de cuerina rellenas de goma espuma. No sólo rompieron ventanas, sino que el juego había empezado a volverse más rudo y peligroso, con algunos heridos de seriedad. Los menores no supieron copiar lo bueno y lo volvieron peligroso. Nuestro tradicional juego del recreo por los últimos dos años tuvo que cambiar a la fuerza, y no porque nosotros hayamos hecho algo mal, sino porque los demás no supieron hacerlo bien. Ayer lo aceptamos, y lo primero que hicimos fue volver a lo que hacíamos antes, pero al jugar a la mancha también nos llamaron la atención porque corríamos muy rápido y eso podía provocar que otros chicos se choquen y lastimen. Volvimos a aceptar, y evaluamos traer juegos de mesa, pero eso quiere decir que hay que traerlos y llevarlos a nuestras casas todos los días, recuerde que nos dijo que acá no se pueden guardar. Finalmente a alguien se le ocurrió que un mazo de cartas era algo fácil de tener en la mochila, y eso nos permitía jugar en el recreo, sentados, sin riesgo a que ningún chico se lastime corriendo. Piense ahora cómo nos sentimos cuando habiendo obedecido todas las órdenes, sin jugar a la pelota, sin correr, y todo esto para resguardar a chicos de otros grados que nos copian mal, usted se acerca y nos dice que no podemos estar sentados jugando a las cartas...


Cuatro minutos antes de que la Seño nos invitase a pasar al aula, luego de desarmar el círculo en el que jugábamos al Truco, el mismo sentimiento creció dentro de nosotros. El de la injusticia.

No es justo que nos despojen del juego que tanto nos apasiona desde quinto grado. No es justo, porque los idiotas fueron otros. Porque hay que ser idiota para llevar una pelota de tenis para jugar al fútbol en un pasillo, es obvio que eso está fuera de los límites. Tampoco es justo que nos quiten un juego tan inocente como La Mancha, del que disfrutamos los primeros cuatro grados. No es justo que no podamos correr como chicos, que al fin y al cabo eso somos: chicos de 12 años corriendo. No por ser los mayores de la escuela hay que ignorar que, en el recreo, un chico de 12 años también quiere jugar. No es justo que las autoridades de la escuela no sepan lidiar con que a los chicos les gusta jugar en el recreo, y un juego a veces termina con alguien lastimado o golpeado, es inevitable y, si me apuran un poco, necesario.

— ¿Y ahora, qué hacemos?

— Juguemos a la pelota. No importa lo que hagamos, igual nos retan. Si va a ser así, por lo menos juguemos a la pelota…

Pocas veces un grupo de personas tan heterogéneo se hermana detrás de una causa. Sin importar cuál sea el motivo o qué tan loable parezca, siempre hay desertores. Alguien se arrepiente en algún momento, enseñándonos que la traición tarde o temprano nos llega a todos, sin importar —insisto— qué tan noble sea la causa común. Pero en ese primer recreo del segundo día de clases, si bien fuimos todos los varones los de la iniciativa, me animo a afirmar que a algunas de las chicas también les hubiese gustado estar junto a nosotros haciendo frente a la injusticia. Cabe aclarar que, a mediados de los noventa, las chicas aún no se empoderaban como lo hacen ahora, ni se animaban a mezclarse en los mal llamados “juegos de varones”.

De los bolsillos del guardapolvo se mancomunaron papeles dando forma a una pelota de papel que se introdujo en una pequeña bolsa de plástico, la cual se cerró minuciosamente quitándole el aire, para finalmente envolverla con cinta Scotch (o similar), dándole estructura y fortaleza, todo en cuestión de segundos. Rápidamente nos pusimos a jugar… incluso quienes no solían hacerlo.


El semblante de la Seño había cambiado. Su mirada ya no destilaba bronca, y su voz pasó de la de alguien que se sabía con autoridad a la de quien quiere ser mediador entre dos partes antagónicas.

— Yo no dije eso. Les pregunté quién les había dado permiso para jugar a las cartas.

— ¿Pero se necesita permiso para jugar a las cartas?

— Esto es una escuela primaria, un establecimiento educativo que debe guardar las formas. Un grupo sentado en círculo, con un mazo de naipes en el centro, puede ser visto por las autoridades como una incentivación a las apuestas.

— ¡¿Pero usted piensa que nosotros estamos apostando en un partido de Truco?!

— No, no creo que estén apostando, pero si las autoridades del distrito escolar (que está acá a la vuelta) hicieran una visita a la escuela, ellos, que no los conocen, sí lo pueden pensar.

— Bueno, entonces al menos a mí no me queda claro qué se puede y qué no se puede hacer en el recreo.

— Lo que quieran, siempre que no involucre riesgos físicos o actividades ilegales.

— ¡¿Pero hicimos algo ilegal?!

— Hicieron algo sin pedir permiso.

— … Entonces, ¿nos da permiso para jugar a las cartas en el recreo, sin apuestas?

— Sí, tienen mi permiso, pero también necesitan el permiso de la Directora.

— No hay problema, ¿Podemor ir a hablar con la Directora para pedirle permiso para jugar a las cartas, sin apuestas, en el recreo?

— Sí, decidan quiénes de ustedes quieren ir y los acompaño.

Sentimos que la primera batalla ya había sido ganada. Atrás había quedado la amenaza de una sanción, y ahora la Seño iba a estar a nuestro lado en lo que sería el final de una guerra. Así lo vivimos en ese momento, aunque probablemente la psicología aplicada por la Seño haya sido la de no perder autoridad en su segundo día de clase frente al séptimo grado, haciendo que primero le pidieran permiso a ella y luego poniéndose al frente de una iniciativa de unos alumnos que querían pedir permiso a la Dirección, con nada más que respeto.

Fuimos a la Dirección y esperamos fuera mientras la Seño hacía una introducción sobre el tema a la Directora. Nos hicieron pasar, lo cual hicimos pidiendo permiso, y nos invitaron a sentarnos en unas sillas puestas delante de un hermoso escritorio de madera, el cual no tenía encima ninguna hoja o carpeta: sólo una lámpara y objetos decorativos. Del otro lado, en una silla estilo Luis XV, la Directora nos saludó, teniendo como escolta, sobre su flanco derecho, a La bandera Nacional Argentina. La Seño esperó en la puerta, del lado de adentro.

— Buenos días. — dijimos casi al unísono

— Buenos días.

— No sé si la Señorita le dijo el motivo de nuestra visita.

— Me dijo que ustedes tenían una inquietud que les gustaría resolver aquí.

La Directora no nos miraba a los ojos, pero no porque fuésemos nosotros quienes estábamos frente a ella. Creo que tenía algún impedimento físico para hacerlo. Ella veía, pero le era imposible llevar la mirada hacia la cara de su interlocutor: siempre se desviaban como buscando algo por encima de la cabeza del otro, y a no menos de diez metros de distancia. Ya lo había notado antes, pero tener la experiencia de hablar, escritorio de por medio, con una persona que parece estar viendo un fantasma flotando detrás tuyo es inquietante.

— Estamos acá presentes y en representación del grado, porque, como bien sabrá usted, no podemos jugar a la pelota durante el recreo.

— Sí, eso está fuera de discusión. No sé si han venido a preguntar si pueden jugar a la pelota, pero no es algo que se pueda volver a hacer.

Un tono algo molesto se dejó entrever en sus dichos, pero eso no nos acobardó. Al contrario, arremetimos más seguros de nuestras convicciones.

— No, no vinimos a discutir eso, están más que claros los motivos por los que ya no se puede jugar a la pelota, y estamos de acuerdo con ellos.

— ¿Entonces?

La mirada, nuevamente, perdida por sobre nuestras cabezas.

— Le comento. Estuvimos pensando con mis compañeros a qué podíamos jugar durante los recreos, y se nos ocurrió que podíamos traer un mazo de cartas y jugar al Truco, sentados en ronda en el pasillo.

— ¡Qué bien! ¿Y ustedes saben jugar al Truco? Saben que es un juego que nunca pude aprender. Me termino confundiendo con el orden de las cartas.

— Sí, de hecho estamos aprendiendo a jugar de a seis.

— ¿Seis en la misma partida? Desconocía que se podía jugar con esa modalidad.

A esta altura de la conversación estaba claro que la Directora era un ser al que ya no podíamos respetar. No obstante, conservamos las formas y los modales, guardándonos para nosotros nuestro juicio.

— La Señorita nos hizo notar que, antes de jugar a las cartas en el recreo, era prudente que le pidamos permiso a usted para poder hacerlo. Me gustaría aclarar que nosotros jugamos sin que haya apuestas de por medio.

— Es que no se puede jugar a nada con apuestas, no está bien eso en una escuela.

En verdad, apostar no está bien en ningún ámbito, pero esa discusión no se llevó a cabo en la Dirección.

— Desde ya que no, por eso la aclaración, para pedirle permiso para jugar a las cartas en el recreo, sin apuestas.

— Sí, por supuesto. Tienen el permiso de la Dirección.

— ¡Muchas gracias! Eso era todo lo que vinimos a preguntar.

— Muy bien, pueden retirarse entonces.

Nos fuimos reiterando las gracias y, pidiendo nuevamente permiso, nos retiramos triunfantes de la Dirección. Nos saludamos mutuamente fuera de la oficina mientras la Seño tenía unas últimas palabras con la Directora, felices de volver con la victoria de nuestro lado. Subimos hasta el pasillo de nuestro aula y nuestros compañeros, que aguardaban sentados contra la pared en el pasillo, se pararon de un salto preguntando.

— ¿Y? ¿Qué pasó? ¿Pudieron?

— Sí, tenemos permiso para jugar a las cartas.

— ¡Vamos, todavía!

— ¡Sabíamos que no iban a fallar!

— ¡Eso no tenía sentido!

— ¿Y a la pelota también? ¿Podemos jugar a la pelota?

— No, pescado, si no fueron a pedir eso… qué salame, dejá, no entendió nada este, ni te calentés en explicarle.


Hasta el día de hoy no creo que la Directora haya entendido por qué un par de alumnos de séptimo grado, con su docente a cargo, se encontraban en su oficina pidiendo permiso para jugar a las cartas, sin apuestas, en el recreo.

En ningún momento se habló de que habíamos jugado a la pelota en el pasillo desafiando la orden de la Dirección. Eso ya era anecdótico y, en cierto punto, creo que les convenía no discutir abiertamente los detalles y motivos de aquel acto de rebeldía preadolescente. Porque, si bien el fútbol no volvió a los recreos de la escuela, fruto de la rebelión de los alumnos de séptimo grado fueron los pasillos de los grados mayores llenos de grupos de chicos y chicas sentados en ronda jugando al Truco. A pesar de la ausencia de caños, gambetas, goles y atajadas, esos círculos de chicos con un mazo de naipes recuerdan el triunfo de una revolución cuya única arma fue una pelota de papel.


Por , .

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